Chispazos de Gente y Vida en Guatemala

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A pesar de sus lluvias casi diarias durante esta época, por las mañanas Antigua me permitió experimentar su lado más cálido y colorido, ese que obsequiaba un radiante cielo azul rematado por volcanes allá donde mirase. Pero a sus paisajes de ensueño se sumaron también encuentros que parecieron un sueño mismo, esos que tuve con personas de diferentes países durante la semana que pasé allí.

En mis últimos viajes, a los panoramas épicos y sitios memorables los anhelo tanto como a las conexiones especiales con otros viajeros que se cruzan por mi camino. Incluso he llegado a temer que en un próximo destino no haya ese chispazo, ese vínculo con un alma aventurera escalando volcanes o descubriendo selvas en el fin del mundo. Aterrizar en una nueva ciudad es llegar cargado con la incertidumbre de si acaso lograré fraternizar con alguien, intentando no forzar ningún encuentro pero sin desperdiciar aquellas casualidades de la vida que permiten, casi de repente, acabar con una amiga francesa o un conocido irlandés.

Yo iba preparado para que Antigua me asombrara con sus paisajes naturales, pero no estaba listo para el sobrecogimiento que me embargó ante la cantidad —y calidad— de viajeros que conocí con sus historias, su amor, su conocimiento, su pasión. Y es que no había terminado de instalarme en mi hostal cuando ya estaba charlando con una ‘vecina’ de mi dormitorio. Profesora estadounidense de gran intelecto y disfrutando sus vacaciones en Guatemala, ella y yo acabamos en un bar un par de horas después donde ahogamos con cerveza nuestras penas por lo que hoy en día es la Pesadilla Americana.

Al día siguiente, apenas veinticuatro horas después de haber llegado, ya estaba compartiendo café y anécdotas con unos viajeros que conocí en uno de esos populares tours “gratuitos”. Eran una pareja (ella de Brasil y él de Grecia) y una chica francesa, y curiosamente todos le profesaban un gran amor a mi tierra colombiana; la pareja porque fue en Cartagena donde se conocieron, y la chica de Francia porque allí quedó cautivada por el pueblo latinoamericano, su calidez y ese estilo de vida que no se encuentra en el viejo continente. Compartimos lattes helados y tés de jamaica en Fernando’s Kaffee. El chico griego era el más callado, discreto, pero en sus miradas brotaba la adoración infinita que le tiene a su pareja, una brasileña alegre que se sonrojaba al contar los pormenores de cómo se conocieron en la costa colombiana. Como nómadas digitales ya están acostumbrados a vivir por temporadas en diferentes lugares,  pero era evidente que el refugio más cómodo, su verdadero hogar, era el que conformaban entre los dos.

En cuanto a la chica francesa, ya lleva varios meses deambulando por el continente americano, fascinada por la historia y la alegría de la gente. Su español es tan amplio que conoce el significado de términos como trapiche o sincretismo. Cuando estábamos en el tour gratuito, recorriendo el centro histórico de Antigua, el guía nos abrumó con mil datos arquitectónicos difíciles de retener. Me cuesta explicar cómo o por qué, pero durante este bombardeo informativo en medio de plazas festivas e invaluables monumentos derruidos, la escena más impactante fue verla a ella bebiendo agua. Vistiendo pantalón negro y camiseta sin mangas carmín, la luz de un picante sol mañanero bañaba sus brazos descubiertos y encendía, avivaba su cabello rubio recogido en un moño que aún permitía a algunos mechones deslizarse hasta sus hombros. Fue cuando bebió agua de la botella que cargaba con ella, las ruinas de una iglesia alzándose de fondo, que quedé pasmado. Hubo algo hipnótico en la escena, un chispazo único y fugaz que, al no ser capturado en una fotografía, supe que debía retratar con estas palabras.

Y qué decir del pintor que conocí en el Mercado Central, quien dejó una estocada de su arte en mi cuaderno de viajes; o el comediante colombiano que en medio de su viaje de trabajo sacó tiempo para hacer reír a varios guatemaltecos con sus chistes de fútbol y de Arjona; la oftalmóloga mexicana que me acompañó explorando los pueblos que rodean el Lago Atitlán, una mujer con una historia de vida tan surrealista como las famosas telenovelas de su tierra; la salvadoreña que con dron y cámara profesional tomó imágenes impresionantes del ascenso a la cumbre del Acatenango; el cartagenero y la bogotana con quienes tomamos selfies para inmortalizar nuestra hazaña del Colombian Power en lo alto de un volcán. Guatemala me deslumbró no sólo con su rica naturaleza sino con las múltiples oportunidades que me brindó para conectar con personas extraordinarias cumpliendo sus sueños en viajes de un fin de semana u odiseas de diecisiete meses.

Aunque mi hábitat natural sea la de viajero solitario, hay ocasiones en las que hasta el paisaje más espléndido puede mostrarse insulso a menos que haya alguien con quien compartirlo, alguien que ilumine la escena y el momento con una broma, un susurro, un silencio reverencial. Y es que la grandeza de una selva neozelandesa es tan importante como la chica alemana de la que te enamoras mientras recorres con ella el terreno lodoso bajo la lluvia; la magia de Edimburgo habita no solamente en sus laberínticos callejones sino en los amigos ingleses que te acogen en su pandilla cuando haces un tour de bares. Y algunas veces la majestuosidad de Antigua reside no solo en los volcanes alzándose como guardianes milenarios alrededor sino en la gente que recorre sus calles coloniales. La chica francesa lo escribió a la perfección en mi cuaderno de viajes:

“Quizás, el lujo es apreciar los momentos simples, compartir una cerveza, una sonrisa, o una historia nuestra”. 

One response to “Chispazos de Gente y Vida en Guatemala”

  1. Joyce Pessoa Avatar

    Uau ! Quiero guardar este texto para el resto de mi vida. Cuánta sensibilidad en tus ojos y palabras! Eres una persona verdaderamente iluminada ❤️ Nunca dejes de escribir y de aportar tanta luz, el mundo la necesita. Espero de verdad volver a encontrarte en nuevas aventuras!

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