Por Vanessa H.
Varias asociaciones respecto a un viaje ideal probablemente vienen a tu mente cuando piensas en Londres: los hermosos y antiguos edificios dorados rodeando el Big Ben o gente refinada con abrigos perfectamente planchados deambulando por la ciudad; una elegante hora de té con bizcocho en una mano y pastelillo en la otra; paseos románticos a través de la ciudad lluviosa bajo la protección de una sombrilla a cuadros; quizás incluso una emocionante noche de bares en la cual usar el fino sombrero que compraste en Regent Street ese mismo día. ¿Recién viste a Keira Knightley en aquel restaurante? ¿O a Emma Watson? Wow, qué ciudad tan increíble y vibrante.
Vale, de acuerdo, tal vez esta descripción estereotípica sea un tanto cliché. Sin embargo, mi primera salida a Londres hace más de 10 años fue eso y mucho más… sí, claro. Para nada. Pero partamos desde el comienzo. Acompáñame en mi montaña rusa londinense y abróchate el cinturón porque será un viaje agitado.
Conteo Regresivo y Música Alemana
Estamos en el otoño del 2011 y aún soy bastante joven. Para ser exacta, todavía soy estudiante de secundaria en un colegio alemán. Noticias emocionantes circulan por los pasillos de la institución: ¡Se está organizando un viaje a Londres para nuestra clase de graduación! Los padres fueron informados, los permisos completados, el precio (en retrospectiva sospechosamente bajo) fue pagado, la fecha escogida, los buses reservados… ¡todo estaba dado para partir! Mis amigos cercanos y yo estábamos más que listos para pasear: viaje al extranjero, Londres con amigos, casi ningún adulto presente (¡excepto por los londinenses, claro!). De inmediato nos entusiasmamos con la idea. ¡Qué maravillosa puede ser la vida! Y así, algunas semanas de emoción previa transcurrieron hasta aquella noche de viernes en la que nuestro viaje comenzó. Nuestros padres nos llevaron al colegio y aproximadamente 120 personas fuimos apiñadas en un par de buses de dos plantas. Intentando estar cómodos, mis amigos y yo elegimos asientos en el piso superior y al frente (¡con una vista asombrosa!) y empezamos a tener todas las conversaciones que sueles vivir cuando eres adolescente durante un muy largo trayecto en autobús. La excursión iniciaba durante la noche, con una parada en Calais para el abordar el ferry hasta Dover, donde proseguíamos en bus por el otro lado de la carretera, el lado incorrecto (sin ofender cuando digo incorrecto). Y desde aquí comenzaron los infortunios. Un breve apunte sobre la cultura pop alemana: existe una canción pop en alemán llamada Disco Pogo. No es tan famosa y ni siquiera muy agradable que digamos, pero todavía hoy me sé la letra de memoria. ¿Quieres saber por qué? A uno de nuestros compañeros de clase le gustaba tanto esa canción que decidió ponerla… Toda. La. Noche. Durante el viaje entero. Tal vez te preguntes por qué nadie dijo nada. ¡Todos lo hicimos! Pero a los profesores por alguna razón no les importó (algo que no logro comprender incluso hoy en día), así que nuestro compañero prolongó el martirio. Como evidente consecuencia de ello, no logramos dormir en absoluto aquella noche. ¡Qué gran preparación de cara al itinerario de un día entero en Londres! Si alguna vez tienes la chance, escucha esa gran canción alemana en Spotify para que sientas mi dolor (Disco Pogo, de Die Atzen).
En el Corazón de Londres
Tras una pausa para ir al baño (en la que 120 personas tuvieron que dividirse los cuatro no-tan-limpios excusados de un parque), nuestros profesores iniciaron el tour a pie por Londres. ¿Recuerdas cuando mencioné el sospechosamente bajo precio al principio de la historia? Pues bien, en lugar de agendar un tour en bus en el que pudiéramos sentarnos cómodamente o reservar un genuino guía turístico londinense que nos enseñara la ciudad, nuestros maestros decidieron que “¿Quién conoce Londres mejor que los profesores alemanes de Inglés?” Además, en lugar de formar grupos pequeños para el recorrido, caminamos como un tropel de 120 estudiantes con los profesores al frente. Sí, leíste bien: un solo grupo. Y cuando digo profesores al frente, quiero decir al frente. Recuerdo caminar en la parte de atrás sin poder escuchar una sola cosa de lo que decían. Y como hablamos de Londres aquí, por supuesto, de repente empezó a llover sin tregua durante las dos horas del tour. Aún hoy pienso que habría amado pagar con mi escasa mesada por un recorrido en bus con tal de evitar los miserables y agotadores sucesos de esa mañana.
Después de ese “tour” por fin llegó la hora de dividir a la multitud. Nos permitieron caminar en pequeños grupos de tres o cuatro personas para explorar Londres por nuestra cuenta. Lo que comenzó como una emocionante idea acabó siendo un fracaso. Mantente conmigo, prometo contarte por qué. En primer lugar, Harrods. No tengo nada contra Harrods, ¡fue divertido! De veras recomiendo tomar un paseo por tan hermoso almacén. ¡Compré varios LPs de Kings of Leon por 10 libras en lo que se sintió como la mayor ganga que pudieras obtener!
Después fuimos con mis amigos a Camden Market. Era una joven y flamante área de Londres con un montón de casetas y tienditas para explorar. Una de mis amigas quería un estereotipado buzo de “I love London”, así que ella y el dueño de un puesto en el mercado estaban regateando sobre el precio (el cual hoy me parece ridículamente bajo, apenas 15 libras). Lo que inició como una pequeña, entretenida negociación de mercado terminó en una disputa real entre los dos por el costo, y eventualmente llegaron incluso a gritarse. Ágilmente agarramos a nuestra amiga y la llevamos lejos de allí cuanto antes para evitar una pelea. Así, sin buzos nuevos, nos dirigimos al Museo Británico… por 15 minutos. Sí, leíste el número correctamente. Nos habíamos impuesto un cronograma tan estricto que no pudimos permitirnos una prolongada inmersión en la historia espléndida de tan icónico museo. No puedo recomendarlo o desaconsejarlo porque, bueno, 15 minutos no fueron suficientes para formar una opinión sobre nada realmente. Como puedes ver, no pude percibir varias cosas en detalle durante mi estancia en Londres.
*Literalmente* Perdida en Londres
Nuestra última parada fue Tower Bridge, al que le eché un (muy) breve vistazo antes de tener que regresar al bus que nos llevaría de vuelta a Francia y Alemania. Quizás recuerdes que mencioné el año en que esto sucedió: en el 2011 Google ya existía, por supuesto, pero era muy poco común tener Google Maps en tu teléfono. Ni hablemos sobre contar con conexión a internet en un país extranjero. Es por eso que debíamos recordar dónde estaba estacionado el autobús y encontrarlo por nuestra cuenta con la ayuda de un mapa clásico de papel. Probablemente ya ves adónde voy con todo esto: no logramos dar con el bus en la capital inglesa. Yo tengo un buen sentido de orientación pero, por alguna razón, ese día en particular no me funcionó. Debió ser la falta de sueño. Cuando a la hora estipulada de partida seguíamos sin hallar el vehículo, entramos en pánico. Le pedimos a londinenses pasando por ahí que nos ayudaran, pero lamentablemente seguimos sin ubicar el punto exacto del estacionamiento.
Por fortuna nos encontramos con otros dos estudiantes que también estaban perdidos, lo que dio un total de cinco chicos presas del pánico correteando por Londres. Y entonces (¡toma!) el momento de desesperanza absoluta y esa sensación de “Vale, supongo que nos quedaremos en Londres para siempre”. Teníamos que cruzar una calle y no recuerdo cómo o por qué, ¡pero de la nada mi amiga chocó con un ciclista a toda marcha en una calle del centro de Londres! Ambos cayeron, la escena se veía terrible. De inmediato pensé que tendríamos que llamar una ambulancia. Afortunadamente y en contra de lo que yo esperaba, los dos se pusieron de pie, se sacudieron las rodillas ensangrentadas y tanto mi amiga como el ciclista prosiguieron su camino. Debió ser el shock lo que los hizo reponerse tan prontamente y con relativa sencillez. Poco después del horrendo accidente y de lo que se antojó una odisea interminable (por fin, por fin) encontramos el autobús.
La Aventura Final – Viaje en Ferry y las Consecuencias
Tras ser regañados por los maestros y mirados de muy mala manera por los otros estudiantes, el viaje de regreso a Alemania dio comienzo. Por cierto, nuestro compañero “Disco Pogo” parecía estar exhausto también porque no puso nada de música. Finalmente tenía la chance de tomar una siesta. Pero aguarda: el último aspecto digno de mención respecto a esta increíble aventura londinense es el trayecto en ferry para volver de Dover a Calais. Seguramente has notado que no te conté nada sobre los placeres culinarios que Londres tiene para ofrecer. Eso es porque no comí absolutamente nada allá. “Pero claro que debí comer algo”, sigo diciéndome hoy por hoy. Mi mamá me había empacado un pequeño almuerzo (¡la amo!). ¿Pero aparte de eso? Nada. Probablemente esta fue en parte la razón por la cual el inminente desplazamiento en ferry fue un horror absoluto para mí: me sentí increíblemente enferma, mareada. Ese fue el día en el que (tristemente para mi vida) descubrí que no puedo ir en barcos o botes sin obligatoriamente tomar pastillas contra el mareo. Esa travesía me dio el resto: cansada, exhausta y enferma hasta los huesos estuve tumbada sobre el frío piso del ferry aguardando a que todo terminara.
Cuando estuvimos (¡finalmente!) en casa la mañana del domingo, me arrastré hasta la suavidad curativa de mi cama y dormí un día entero. Al lunes siguiente en el colegio, la mitad del grupo tenía un resfriado y la otra mitad no era mentalmente capaz de hacer nada. Así que ahí lo tienes, mi no tan perfecto viaje a Londres.
Lecciones Aprendidas
Hoy —más de 10 años después— ya he superado aquel viaje caricaturesco. Mis amigos y yo nos burlamos con frecuencia de la pobre organización y nos desternillamos de risa sobre cuán ridículo terminó siendo toda la excursión. ¿Pero sabes qué? Este fue un paseo que jamás olvidaré. Le dio forma al modo en que viajo hoy en día (la organización es clave y algunas libras de más por un sólido tour siempre serán bien invertidas), fortaleció mis amistades, conformó la manera en la que percibo Londres, me brindó un vistazo de Inglaterra, su gente, su cultura y, por supuesto, su lenguaje. En esos años de juventud, ¡ese viaje lo fue todo! Fue la llave a otro mundo del que sólo sabrías por medio de libros, revistas o historias. Fue una primera incursión en lo que a viajar por mi cuenta se refiere (más o menos), y me dio una aventura para recordar toda mi vida.
Y ya para terminar, tal vez te preguntes si alguna vez he regresado a Londres tras esta turbulenta experiencia. No, no todavía. Pero sigue en mi lista de pendientes el volar (¡sí, volar! Nada de botes, por favor) a la hermosa capital de Inglaterra. Hay muchísimo más por descubrir en Londres aparte de los monumentos turísticos: la gente, el ambiente, la comida, áreas remotas de la ciudad… y adivina qué: ¿Sé cómo y qué hacer cuando regrese allí? Sí, creo que cuento con un sólido plan de juego. Esta vez sí, definitivamente sí.

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