Kristina, Diego el Borracho y una Cerveza Neerlandesa Gratis

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Está ebrio, metido en un airado alegato con un empleado del tren y sentado a mi lado. El asistente de tren me lanza una expresión recriminatoria cuando nota la cerveza que sostengo en una mano y yo ahí, rogando que la tierra se abra y me trague por completo. Veinte minutos atrás por fin cerraba los ojos para tomar una muy ansiada y necesaria siesta. ¿Cómo es que terminé siendo parte de ese jaleo?

Todo fue culpa de Diego.

Yo estaba a bordo del primero de tres trenes que debía tomar para llegar a Luxemburgo cuando Diego, el pícarode esta historia, apareció. Hacía parte de un trío de adolescentes bulliciosos buscando asientos disponibles, y apenas entró en el vagón en el que yo me encontraba supe que estaba ebrio. Sus dos amigos, no tan bebidos como él, ubicaron rápidamente dos puestos mientras que Diego atravesó todo el vagón intentando hallar otra silla libre. Se detuvo a mi lado, yo sentado junto a la ventana y mi maleta estratégicamente puesta en el asiento junto a mí. La presión social que sentí me venció y ya iba a mover el morral cuando Diego le habló a una mujer cerca de él.

—¿Señora? Disculpe, hola. ¿Cómo está? —dijo casi gritando—. Me llamo Diego, ¿y usted?

—Kristina —contestó ella con tono receloso (sí, para mí ella se veía muy cool, como una Kristina con K, no con C).

—Kristina, ¡bien! Bueno, pues esos chicos de allí son mis amigos y me preguntaba si podría sentarme en el puesto vacío junto a usted para estar cerca de ellos.

—Hmm, no lo creo porque usted está borracho —dijo ella.

Todo esto lo parafraseo pero estoy siendo muy fiel al nivel de cortesía empleado por Diego, que era tan alto como su nivel de embriaguez porque, en una de las frases más comunes de alguien llevado por el trago, procedió a negar estar bajo la influencia del alcohol tan apasionadamente que todos los que estábamos en el vagón prestando atención a sus disparates nos reímos, Kristina incluida. Sin embargo ella se mantuvo firme en su decisión, razón por la cual me acerqué a Diego para dejarle saber del asiento libre a mi lado.

Sabía que me arrepentiría, y de hecho tomó un esfuerzo titánico el mover mi maleta de la silla, pero la forma en la que Diego me agradeció, casi como si le hubiera salvado la vida o algo por el estilo, hizo la situación más llevadera. Además, ahí quedaba más cerca de sus amigos y esa proximidad, sumada a sus altos grados de alcohol, los puso tan risueños que Diego me ofreció una cerveza. Sus dos amigos llevaban un six-pack y uno de ellos le pasó una lata a Diego, quien entonces me la tendió como obsequio de agradecimiento por la silla. Juro que dudé sobre si aceptarla o no, e incluso le pregunté si estaba permitido consumir el alcohol que traías del exterior a bordo del tren. Dijo que no había lío y así las cosas acepté el ofrecimiento. Cuando una cerveza gratuita se abre paso hasta a ti en Europa no es apropiado rechazarla, ¿cierto?

Diego, un neerlandés de jeans anchos y barba incipiente, era el tipo de ebrio curioso y parlanchín que te asedia con preguntas, aunque también me contó de su viaje de fin de semana para irse de rumba con varios amigos y pasar un buen rato. Y hablando de buenos ratos, me tendió una vieja cámara digital que llevaba en el bolsillo y me pidió que tomara una foto de él y sus amigos. No había tomado una fotografía con una de esas cámaras en años. A través del visor observé a tres jóvenes europeos con sonrisas gigantes y grandes expectativas sobre las aventuras venideras. Me puse igualmente celoso y contento por ellos porque vaya paraíso ser joven deambulando por Europa en modo fiestero.

Todo estaba marchando bien… hasta que el asistente de tren hizo acto de presencia. Estaba revisando los tiquetes de los pasajeros y cuando llego a nuestros asientos le enseñé el mío. Todo bien. Pero cuando vio a Diego advirtió que él estaba pasado de copas y le hizo algún comentario en neerlandés que no entendí pero que a todas luces era un reproche. Diego, que hasta ese punto había sido pura risa y buena vibra, comenzó a molestarse y contestar a cada cosa que el empleado decía. El vagón entero enmudeció, tan sólo Diego y el asistente de tren discutiendo tan agitadamente que por unos momentos temí que la situación escalara a algo físico. Los amigos de Diego también estaban preocupados porque le hablaban como intentando calmarlo o detener las (muy seguramente) sandeces que este continuaba soltando.

¿Yo? Yo era el idiota colombiano con una lata de cerveza en su mano, encogiéndose en su propia silla con cada segundo que la discusión se extendía. Quise esconder la bebida pero ya no tenía sentido porque el trabajador la había visto, su mirada crítica hacia mí haciéndome sentir como un padre nefasto que alaba el mal comportamiento de sus hijos. El hombre se fue por unos minutos en los que aproveché para acabar la maldita cerveza y preguntarle a Diego cuál era el problema, pero no me dio una respuesta concisa más allá de alegar que el asistente había sido irrespetuoso. Y entonces el empleado volvió y el altercado continuó, tornándose tan brusco que el tipo le gritó a Diego, quien seguía sin callarse, por lo que terminé metiendo la cucharada para decirle al muchachito ebrio que dejara así, que me hablara más de su viaje de fin de semana, de Achterhoek, el lugar al que se dirigía, de cualquier cosa con tal de que se distrajera para así evitar algo peor

Por fin el asistente se marchó; no creo que ninguno ganara la discusión, pero ambos seguro que se veían furibundos. Mi compañero de asiento quedó con pocas ganas de seguir charlando y no tuve problema con ello. Al poco rato Diego se durmió mientras yo dejaba atrás Países Bajos y la chance de una buena siesta. Pero al menos obtuve una cerveza neerlandesa gratuita, una buena dosis de vergüenza y una historia más para este blog.

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