La Chica en la Playa de Cornwallis

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Muy en sintonía con lo que le ocurre a Daniel Sempere en la mundialmente famosa novela de Carlos Ruiz Zafón titulada La Sombra del Viento, estoy despertando incapaz de acordarme del rostro de una mujer. Aún puedo evocar cómo sus ojos siguen mis manos o la delicadeza de sus palabras atravesando las calles de una ciudad distante, pero sus rasgos se tornan cada vez más borrosos, consumidos por el agujero negro de mi pasado.

Es por eso que vengo a encontrarla una última vez en los límites de mi memoria. El fin de un año siempre me genera un funesto aire de conclusión, así que estas palabras son casi un adiós para esa chica en la playa de Cornwallis antes de proseguir con una vida en la que no estoy seguro de si ella vagará por los callejones de mi mente. Pero por unas pocas horas de una tarde lluviosa en un precipicio de este planeta ella fue mi única certeza y así la conocí.

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Observa mis manos, traza con la mirada esos movimientos que hago al hablar cuando acentúo cada palabra con gestos que no sabía que realizaba tanto. Su inspección atenta me cohíbe, quiero ocultar mis dedos y sólo deseo que me vea a los ojos porque necesito más de esa energía tranquila que emana de su mirada. Sus ojos azules no son eléctricos, no insinúan tormenta alguna; son un océano apacible, un trazo gentil que me aplaca, me cautiva, me adormece. Estoy seguro de que podrían centellear y golpear como un trueno, encender la isla entera con un relámpago azulado, pero por lo general permanecen como una corriente sosegada en la que podría dejarme llevar mansamente.

Estamos en una cafetería resguardándonos de los vientos nocturnos invernales que azotan la ciudad. Hace doce horas éramos extraños pero ahora damos la impresión de ser amigos de toda la vida recordando el hogar, los viajes pasados. A doce mil kilómetros de donde nací y a unos dieciocho mil de donde ella creció, construimos con palabras, historias y sonrisas un puente para cruzar a la vida del otro. Ocurrimos allí, ajenos al invierno y a la vida, ajenos a todo.

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Nos conocimos en un tour que incluía entre doce y quince personas más un muy experimentado guía, pero todos ellos fueron actores secundarios en un show con sólo una protagonista, la que obtuvo mi atención absoluta en el instante mismo en que subí al bus. En la primera gran parada del recorrido cometí el pecado de inventar una mentira a medias para hablarle, y desde allí conectamos mientras el grupo, el lugar y el mundo se me iban de las manos a medida que me hundía en ese océano azul suyo.

El espacio natural que visitamos era tan propenso a las lluvias que nos entregaron impermeables verdes antes de iniciar la caminata principal. El paisaje era precioso, olores y sonidos de la tierra en su forma más pura pululando entre nosotros para cautivarnos y, sin embargo, tanto ella como yo ignorábamos de vez en cuando este milagro, perdidos como estábamos en la magnificencia de nuestras anécdotas que se hacían más vívidas gracias al escenario que nos rodeaba. No logro recordar un solo detalle que el guía haya mencionado durante la caminata, pero puedo rememorar a la perfección los zapatos Oxford negros de ella sobreviviendo valerosamente al lodo provocado por el torrencial aguacero que caía, la dirección exacta en la que yo caminaba al tiempo que me contaba sobre su peor viaje, el crujido en alguna parte de mi pecho cuando habló de su prometido, su voz  mezclándose con la cadencia natural de aquella selva inmortal para producir un eco que aún retumba en mi cuerpo. Nunca ignoré tanto a un guía turístico en mi vida, y no obstante cuando salí de aquel lugar sentí toda la sabiduría y gozo del mundo agitándose en mi interior a pesar de ese comentario sobre su pareja.

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Ella porta un aroma que sólo descubro cuando estamos en el café. Tan pronto se quita su abrigo y  bufanda lo detecto. Se antoja una combinación de perfume junto con el olor de sus prendas, su cabello, y ese toque extra de la lluvia al atardecer.  Es una fragancia acogedora, tímida pero cálida y singular, el tipo de aroma excepcional que te hechiza, el que inhalas una vez en tu vida, ese que añoras embotellar y atesorar a como dé lugar. Joder, estos párrafos debían servir para devolverme su rostro pero ahora anhelo igualmente su esencia y me duele pensar que jamás volveré a percibir su perfume.

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Hubo más estaciones durante el tour, lugares idílicos que cementaron el esplendor de aquella diminuta pero maravillosa nación, y sin embargo ella se convirtió en el único destino que yo deseaba. Aguardaba con ansiedad cada nueva parada porque me daba la oportunidad de acercarme a ella, de retomar nuestra conversación en nuevos y más asombrosos paisajes compuestos por represas, playas o bosques.

Tan pronto retornamos a la ciudad nuestro guía y conductor comenzó a dejar a los integrantes del grupo en sus diferentes hoteles hasta que sólo quedamos tres personas en la parada final, ella incluida. Luego de que se acercara al guía para agradecerle por sus servicios yo hice lo mismo y entonces, reuniendo hasta la última pizca de coraje que fui capaz, le pregunté a la chica si querría ir a tomar algo.

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Zafón también escribió una vez que sólo recordamos lo que nunca sucedió, y ahora que más detalles van emergiendo sobre el encuentro con aquella chica empiezo a preguntarme si acaso ella realmente existió. Cada una de las cuarenta y ocho horas que pasé allí en los confines de este planeta está tocada con un aura quimérica, transformando cada instante en un suceso  de realismo mágico que arroja sobre ella un estatus casi legendario porque ¿cómo, cómo fuimos a ocurrir tan lejos? Y ¿por qué, por qué me ocurrió ella a mí?

Tengo en mi móvil un vídeo, una secuencia de quince segundos que la muestra a ella durante los dos segundos iniciales. Ocupado como estaba filmando el movimiento de un pequeño arroyo en la playa de Cornwallis, sin quererlo capturé un fragmento de ella y su vida que descubrí varios días después cuando el viaje había terminado. Lo estoy viendo de nuevo, pantalla junto al teclado, una ventana que da a esa tarde gélida en la que ella ignora la cámara y los turistas con el amago de una sonrisa colgando de sus labios mientras absorbe la magnitud del Puerto de Manukau. Cuán curioso que lo que debería convertirse en prueba irrefutable de su existencia sólo logre acentuar sus aires de fantasía.

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Parques, tiendas de regalos, una librería a punto de cerrar. Esos fueron los puntos que visitamos en nuestro propio tour improvisado por el centro de la ciudad, la hora pico avivando las calles tras la puesta del sol. Mientras buscábamos algún café charlamos, reímos y recordamos un poco de todo, y a pesar de que yo tenía programado dejar el país en doce horas y todavía contaba con un par de actividades por completar en mi itinerario, habría podido quedarme indefinidamente escuchándola a ella, oyendo sus disculpas cada pocos minutos cuando su inglés la traicionaba con pensamientos más veloces que las palabras que me dirigía. La oscuridad se había impuesto ya cuando encontramos el café acogedor en el que nos refugiamos.

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Su taza de café, mi copa de vino y una mesa; eso es todo lo que nos separa. Y esto es lo que puedo decir de aquella chica en la playa de Cornwallis sentada ante mí en una cafetería donde quedo condenado a quererla: Sus labios dibujan una ‘O’ redonda y perfecta cuando añade un “Oh My God” a sus anécdotas o mis historias de Colombia; sonríe a menudo, con soltura y franqueza; cuida bastante bien de su imagen, se evidencia en los varios anillos que utiliza, las uñas pulidas, la elegancia de su atuendo, la sedosidad de su cabello. ¿Usa maquillaje? No sabría decirlo. Sus mejillas brillan con un color rojizo seductor pero no sé si es producto del calefactor en el recinto o algún cosmético que contrasta con su palidez natural. Se ilumina al hablar de su madre y la aflicción la domina mencionando a su padre. Ríe, escucha, comparte, sueña, y ella misma es un sueño que me hace temer el momento en que deba despertar y destrozar la ilusión de su compañía. Lo cual ocurre eventualmente, por supuesto. El adiós llega. Un abrazo, una foto, nuestros caminos divergentes; eso es todo lo que nos separa.

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He logrado recordar su rostro nuevamente, rememoro sus facciones, susurro su nombre cual hechizo como intentando sellar la realidad de su existencia porque percibo ese miedo creciente de que ella jamás haya ocurrido, de que esté fundiéndose con las fantasías de mi memoria, transformándose en el fantasma al fondo de mi cabeza que la banda Foals menciona en su canción Spanish Sahara, y cada intento mío por alcanzarla, aunque sea para un último adiós, tan sólo la aleja más y más. Así que por ahora, aunque sea sólo una vez más, vuelvo al vídeo con su aparición de dos segundos para aferrarme a cada ínfimo detalle con la esperanza de que ella verdaderamente exista.

Y allí está. El negro de sus zapatos, pantalón y bufanda contrastando con el azul ártico de su abrigo, cabello rubio bien atado para resistir los embates de la brisa, la media sonrisa suspendida en su boca y esa radiante tranquilidad de sus ojos azules contemplando las aguas de un puerto que se abre hacia el Mar de Tasmania. Alta y magnífica como realidad y mito a un mismo tiempo, allí se alza orgullosa la chica en la playa de Cornwallis.  

One response to “La Chica en la Playa de Cornwallis”

  1. De Viajes y Amor – Voyassitude Avatar

    […] todo lo que tenía que decir respecto a ella lo dije ya en este post, así que no hace falta revisitar eso. Me tomó una buena porción del 2023 poder superarla, así […]

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