Lugares y Canciones

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Algunas canciones fueron accidentales, otras un tanto forzadas; ciertos lugares no parecían encajar con el ritmo ni con las letras, e incluso se antojaban la antítesis de lo que una canción significaba. Sin embargo, por una razón u otra, algunas de las ciudades que he visitado han tenido una melodía particular ligada a ellos en mi memoria, una canción inmune al paso del tiempo, capaz de transportarme de vuelta a un ferry o lo alto de una montaña visitada años atrás, todo gracias a la magia de voces, instrumentos, y ese poder indescriptible de la música que amo.

Comenzó con mi primer viaje en solitario por allá en el 2016, dos días en principio aterradores en New York en los que tanto la inexperiencia como la paranoia me hicieron temer que sería robado, secuestrado, y quizás hasta arrojado al Río Hudson. Sin embargo todo salió bien, mucho mejor de lo esperado, tanto así que una gélida mañana de jueves cuando abordé el ferry de Staten Island tenía pintada en mi rostro la sonrisa más grande posible a pesar del despiadado clima de noviembre. Me puse mis viejos audífonos blancos para acallar el ruido del motor y del mundo, dándole paso a la voz de Robbie Williams en The Heavy Entertainment Show. No se trataba de la letra, no suelo prestarle tanta atención a ello; tenía que ver más con la cadencia, el entusiasmo, esa canción como reflejo de mi emoción al estar explorando por mi cuenta una ciudad histórica y colosal, cada segundo de los casi tres minutos y medio de la canción engrandeciendo mi viaje en ferry mientras contemplaba la Estatua de la Libertad a la distancia con ojos brillantes de felicidad absoluta.

Volviendo al presente, ha pasado más de un mes desde que regresé de Sydney y aún no logro escuchar Wolves de The Cat Empire sin llenarme de nostalgia. Esta canción sí carga un significado especial relacionado con su letra. Era lunes por la tarde y un par de horas antes había hecho un tour a pie por el centro de la ciudad con un excelente guía que, entre varios otros lugares, nos recomendó a los participantes del recorrido un bar en la azotea del hotel Shangri-La por si queríamos disfrutar un no tan costoso coctel para acompañar la insuperable vista del  Darling Harbour. Así que allí subí a medida que el atardecer se imponía en la ciudad y para cuando ya estaba en el bar con bebida en mano, la vista del sol escondiéndose en el horizonte se sintió como una explosión de emociones y color. “Maybe one day we’ll all stand still, and watch the sun fall down over that hill”, canta Felix Riebl en Wolves, y no, no había una colina a la vista pero el sol sí caía a la distancia, perdiéndose en un baile naranja al ritmo de trompetas, pianos y tambores que por siempre vibrarán y se sentirán como Sydney para mí.

Sí procuro tomar tiempo para absorber los sonidos de esos lugares que visito, degustar la lluvia sobre el asfalto, las bocinas o sirenas de autos y ambulancias, las ráfagas de palabras en lenguas extrañas que no comprendo en calles ruidosas de algún punto recóndito de este planeta. Pero hay momentos en los que necesito aislarme del mundo para reflexionar sobre dónde estoy, para permitir que la majestuosidad de lo que tengo frente a mí cale en mi mente mientras me sumerjo en mis canciones y artistas favoritos. Es entonces cuando una suerte de hechizo ocurre en mi interior y una melodía acaba ligada para siempre a una ciudad, sus calles de medianoche o catedrales imponentes atadas a riffs de guitarra o coros desoladores que repito en mi cabeza como un encantamiento para conjurar, donde sea que me encuentre, la visión de aquellos lugares de los que me he enamorado. 

Una caminata parisina junto al Sena no estaría completa para mí sin el ritmo de The Pigeon Detectives cuando tocan Wolves (sí, justo el mismo nombre que el de la canción de The Cat Empire). Recuerdo haberla reproducido una y otra vez una madrugada en la que estaba sentado frente a la catedral de Notre-Dame a las 3 a.m. en mi última noche en la capital francesa. Open Window, de Warhaus, me traslada a un bus repleto de apostadores chinos dejando atrás el parqueadero de un casino tras una tarde plácida y preciosa en las Cataratas del Niágara. Había guardado la canción unos días atrás en mi teléfono pero sin prestarle demasiada atención. No obstante, ese día mi lista aleatoria la reprodujo y empalmó de maravilla con las cascadas monumentales, las hojas de otoño crujiendo bajo mis pies, la tranquilidad inmutable del paisaje. Fue una unión que se tornó perfecta a medida que la repetía en un viaje de dos horas de vuelta a Toronto. Imagine Dragons con su Wrecked también me envía de vuelta en el tiempo a un bus, uno que dejaba Cardiff con dirección a Londres en una noche que fue espectacular a pesar de la desolación total que carga la canción en sí, la cual golpeó aún más fuerte apenas encontré una versión acústica en Youtube.

Pero una melodía que está en otro nivel en términos de especialidad y magia es Calma, el remix con Pedro Capó, Alicia Keys y Farruko. Acababa de aterrizar en Cartagena sobre las 9 a.m. y cinco horas me separaban del ingreso permitido al hotel. Comencé entonces a deambular por calles del Centro Histórico durante un rato, intentando sin éxito ignorar el calor en aumento, luchando contra él con un café helado que jamás tuvo oportunidad ante semejante temperatura despiadada. Así las cosas, busqué en Google Maps algún bar en una terraza cercana porque necesitaba otra bebida. A unas pocas calles había un hotel con bar ya abierto en su quinto piso, así que al mediodía terminé allí con una camiseta empapada y mis labios resecos pidiendo a gritos un trago fuerte y refrescante.

Ella fue la primera persona que noté, sentada en una esquina y de espaldas a mí, la espléndida vista de la ciudad toda para ella nada más. Me senté cerca, el panorama cartagenero ante mí bastante decente, aunque ella tenía el mejor lugar en la terraza. Pedí un mojito o una margarita, aunque el trago ya me daba igual; todo lo que importaba era ese paisaje de la ciudad ante mí pero, sobre todo, ella. Ella. Llevaba zapatos planos negros, un vestido rojo que dejaba sus hombros al descubierto, su cabello rubio y corto oscilando con la brisa. Al principio estaba sola pero pronto llegó un conocido suyo que se sentó a su lado. No hablaban mucho, ella apenas parecía reparar en él y nunca me dio la chance de ver su rostro. Entonces ocurrió. Calma. Los altavoces del bar cobraron vida con esa canción penetrando por toda la azotea. Al igual que mi coctel, Calma se coló en mi sistema y removió algo en lo profundo, su cadencia caribeña estremeciéndome, despertando mis sentidos  y orientándolos a la grandeza de La Heroica irguiéndose orgullosa ante mis ojos. Sí reparé en la ciudad, la tanteé con la mirada, pero también estaba desesperado por verla a ella, sus ojos y su boca, advertir si estaba pasándola bien. “Vamo’ pa’ la playa, pa’ curarte el alma”, decía la canción, su ritmo contagioso apoderándose de ella porque noté el vaivén de una de sus piernas en sincronía con la tonada. La punta de su cabello apenas alcanzaba a acariciar sus hombros desnudos, ondulando placenteramente a voluntad del viento y de sus sutiles movimientos que acompañaban la canción. Aquel instante fue pura perfección. Sumando miradas furtivas en su dirección, en ese momento ella me pareció intocable, elegante, invencible, una diosa dominando el horizonte de La Heroica desde los cielos.

La canción y el momento quedaron anclados a mi memoria. Eventualmente conseguí desasociar Calma de aquel episodio para convertirla en mi melodía de piscina y mar y playa, la canción que pongo incontables veces cuando paseo por la arena o me descanso junto al agua. Pero es cuestión de enfocarme un par de segundos, cerrar los ojos y voilà, la terraza reaparece con la chica sin rostro meciéndose apaciblemente al ritmo de las voces de Capó, Keys y Farruko.

No sé si esto funcione para otros viajeros, pero de ser posible recomiendo un montón unir una canción a un lugar especial. La euforia, la efervescencia del momento se disiparán con el tiempo, pero sólo basta esa melodía para trasladarse de regreso a los paisajes y las emociones que se experimentan durante algún viaje, resultando así en una manera encantadora de mantenerlo con vida y prolongarlo eternamente en la memoria.

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