Llanto lisboeta

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Pues sí, perdí mi vuelo de regreso a Estados Unidos. Un —inesperado— día más en Portugal debería alegrar a cualquiera, ¿verdad? Pero cuando tu mente está preparada para partir, y el caos más absoluto en la zona de control de pasaportes del aeropuerto de Lisboa termina dejándote estancado en tierra, la situación es un tanto frustrante.

Entonces ni modo. El avión me dejó. Tuve que lidiar con todo lo que eso conlleva: reprogramar el vuelo, encontrar hospedaje de última hora, regresar a la ciudad.

Tras dejar mi equipaje en el hostal que reservé, salí sin un plan concreto. Le envié un mensaje a una amiga contándole lo sucedido y me contestó: “¡Una noche más en Portugal! Haz que valga la pena y conoce a tu esposa.” Esas palabras resonaban en mi mente cuando entré a la Basílica de Nuestra Señora de los Mártires. En amplio contraste con el fluido movimiento afuera, la iglesia estaba casi vacía y tenuemente iluminada. Me quedé allí orando unos minutos.

No es que exigiese una razón para lo del vuelo perdido. Simplemente me preguntaba si eso debía pasar, si había un motivo oculto y misterioso manteniéndome en Portugal un día más. Soy una persona muy religiosa, así que le pregunté a Dios directamente si había un propósito especial para lo ocurrido.

De vuelta en el exterior, caminé hasta la Plaza de Comercio y de ahí hacia el mirador del río Tajo, donde me senté para contemplar el atardecer acompañado de una botella de vino.

No la vi al sentarme, pero estaba allí desde antes de que yo llegara. Era una mujer a mi izquierda, de unos cuarenta años, con cabello castaño recogido en una coleta y vistiendo una chaqueta de cuero café.

Estaba llorando. No con sollozos incontrolables sino con lágrimas lentas y silenciosas cayendo por su rostro, las cuales se limpiaba delicadamente con su mano derecha. Era el tipo de llanto melancólico que surge de un dolor profundo. No es que quisiera quedarme observándola indiscretamente (e todos modos tenía puestas mis gafas de sol) pero es que su aflicción era tan tangible y conmovedora que no podía evitar mirarla a cada tanto.

Pensé en hablarle pero ella llevaba audífonos puestos; además me dio la impresión de que era de allí, de Portugal, así que el lenguaje podía ser una barrera. Pero principalmente me parecía rudo e inoportuno el entrometerme y romper ese momento íntimo que estaba viviendo.

Pero lo hice de todos modos escribiéndole un mensaje.

Usé el poco portugués que sabía para armar una introducción y luego pasé al inglés para escribirle unas pocas palabras, confiando en que entendiera ese idioma y mi letra. Quería animarla, darle algo de apoyo. Me tuve que armar de mucho valor para enseñarle el mensaje porque temía cómo reaccionaría.

Había como un metro de distancia entre nosotros, así que giré mi cuaderno con el mensaje hacia ella, atraje su atención y le extendí el cuaderno. Quedó algo desconcertada, súbitamente devuelta a la realidad en un mirador con gente a la que ni le prestaba atención en ese espacio público en el que había estado llorando. Me miró, le señalé el cuaderno y se inclinó para leer mis palabras.

Entonces sonrió.

Fue una sonrisa abierta, sincera, amplia. El tipo de sonrisa que se abre paso a pesar de una honda pena. Me observó agradecida y tomé el cuaderno para guardarlo, pero  ella se quitó uno de sus audífonos y me preguntó en inglés si podía tomarle una foto al mensaje. Acepté, claro, y apenas lo hizo le pregunté cómo se llamaba.

Jaqueline. Jaqueline… Quise hacer mucho más por Jaqueline. Ofrecerme para escuchar sus problemas, invitarla a tomar un poco del vino que traía conmigo, confesarle que yo también había sufrido y me había sentido miserable este año pero que con el tiempo todo mejoró… Quería ayudarla, pero la charla no progresó, se reacomodó sus audífonos y pocos momentos después partió diciéndome adiós.

Sigo cuestionándome si hice lo suficiente. Entré a una iglesia preguntando si había una razón concreta para perder mi vuelo, y apenas una hora después se presentaba la chance de ayudar a una persona desconocida. ¿Bastó con el mensaje? Es la incertidumbre lo que me molesta un poco. Pero al menos sé que hice sonreír a una mujer en un momento en el que la tristeza era dueña de su rostro, y confío en que eso haya bastado.

No sé si fue Dios, el destino, o mi propia necesidad por hacer de aquel día algo significativo y positivo lo que me llevó a Jaqueline aquella tarde. Pero hice lo mejor que pude para que cada segundo valiese la pena aquel martes de principios de noviembre. Conocí a Luana en ese mismo mirador, una alegre chica brasileña con el cabello más extraordinario y quien me pidió que le tomara unas fotos con el Arco de Rua Augusta de fondo. También compartí con un fantástico grupo de viajeros en el hostal: gente de Inglaterra, Italia, Turquía, Alemania, todos ellos con un sinfín de anécdotas y espíritus aventureros. Fuimos a cenar y en cierto punto me impresionó cuán relajado yo estaba, habiéndome olvidado del fiasco en el aeropuerto. No conocí a mi futura esposa, pero en realidad terminó siendo un buen día.

En unos días intentaré rastrear en línea el mensaje que le escribí a Jaqueline. Tal vez lo publicó en alguna red social, tal vez logre ponerme en contacto con ella y saber cómo está hoy.

Pero si no sucede, espero que esté sonriendo. Espero que esté bien.

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