Treinta Horas Muy Casuales en Antigua y Acatenango

Published by

on

4–7 minutes

3:54 p.m.: Mi júbilo se convierte en pánico cuando quedo temporalmente ciego. No he manejado un vehículo en años, así que el motor de la cuatrimoto vibrando bajo mi cuerpo mientras conduzco por las carreteras guatemaltecas me produce un subidón de adrenalina que no he sentido en mucho tiempo. Pero cuando empieza a llover, todo el protector solar que me apliqué antes cae a mis ojos. Me arde de forma bestial pero no puedo hacer nada porque estamos conduciendo cuesta arriba por una carretera sinuosa. Hago sonar el pito de la cuatrimoto para que el guía que va adelante me preste atención. Ahora conduzco con los ojos cerrados y, jueputa, esto es aterrador. Así es como descubriré el terrible precio a pagar por no comprar un seguro de viajes, ¿verdad? Sin embargo, de algún modo sobrevivo a las curvas y los camiones que vienen en sentido contrario hasta que el guía advierte mi situación y para en un costado. Sigo vivo. Por ahora.

9:03 p.m.: Joy, Spyros y Lauré. Los conocí hace diez horas en un tour por Antigua. Ahora disfrutamos de anécdotas y tragos en una cervecería. Son de Brasil, Grecia y Francia respectivamente, pero estamos hablando en español porque son unos cracks hablándolo. Joder, amo sus acentos. ¿Les puedo decir eso sin sonar muy raro? ¿Será que estoy borracho ya? No puede ser, apenas me he tomado una —nada extraordinaria— sangría. No, en serio se trata de sus acentos exóticos. El de Joy tiene una cadencia producida por su portugués natal, como si sus palabras bailaran cuando ella habla; el acento de Spyros tiene algo de metódico y solemne, seguramente por cuenta de su herencia griega. También exhibe unas nociones de portugués que probablemente son cortesía de Joy, su novia. En cuanto a Lauré, su acento ya casi no tiene rasgos de francés; en verdad es un español magistral. Pero de vez en cuando suelta palabras como Dijon o Macron, y el amante del idioma francés que habita en mí se derrite encantado. En verdad quiero que hablen toda la noche. Quizás no esté embriagado con alcohol, pero sí que estoy ebrio de alegría al conocer gente de tantos países fabulosos.

4:01 a.m.: No he dormido muy bien. He estado despierto desde las 3 a.m., víctima de un sueño ligero que me impide tener el descanso que tanto necesito. De repente, las ventanas del hotel se sacuden y mi cama se agita. Un temblor ha golpeado a Antigua. De diez, veinte segundos a lo sumo. No lo suficientemente fuerte como para despertarme si hubiese estado dormido, pero claro, tenía que estar despierto. Esto no es mal agüero de cara al ascenso al volcán que haré en unas horas, ¿cierto? Nada como un temblor de magnitud 4.1 en mitad de la noche para ayudarte a dormir más rápido, dijo nadie nunca jamás.

11:02 a.m.: ¿Por qué putas decidí hacer esto? Apenas acabamos de llegar a la primera de siete paradas en el ascenso, pero ya estoy sin aire, sin fuerza y capaz que sin alma también. La maleta me pesa tanto como las dudas que tengo sobre esta locura, pero soy muy terco como para dar marcha atrás. Además no tengo 400 quetzales en efectivo para pagar el taxi que me devuelva a Antigua. Ni modo, me toca seguir.

2:16 p.m.: Aguacero después del almuerzo. Cada centímetro de mi cuerpo está empapado. Somos siete u ocho los que nos refugiamos en una suerte de quiosco abandonado, e incluso un par de perros están amontonados con nosotros, su pelaje empapado destilando un olor nada parecido al de las flores. Aparece otro escalador pero este lugar está lleno, así que continúa hacia otro refugio a unos diez metros. Como no regresa, asumo que está bien allá. ¿Debería seguirlo? Lo hago, me voy buscando más espacio y menos hedores. Pero lo que encuentro es que el “refugio” no es más que un puto baño. El tipo está allí muy campante, de pie junto al inodoro, y entonces me golpea un tufo fétido que me produce náuseas. Ese no es un baño, es una entrada al infierno.

5:33 p.m.: El consenso entre los escaladores tras llegar al campamento base es que la agencia con la que reservamos el tour es una mierda. Por muchas razones. Pero todo queda en el olvido cuando vemos la primera erupción del Volcán de Fuego. Una enorme columna de cenizas se alza en la distancia, majestuosa y dramática, distinguible a pesar del cielo nublado. Hay ovaciones de gente en campamentos cercanos y en el nuestro también. Esto lo vale todo. Por esto subimos sin importar las dificultades, y el volcán nos compensa con un espectáculo único.

6:45 p.m.: Ha habido por lo menos cuatro erupciones más en la última hora, aunque la lava ha sido difícil de avistar. Ahora está oscuro y además las nubes han cubierto el volcán. Nuestra atención se dirige entonces a un show más modesto: el del fuego que han encendido los guías del tour. Es un fuego que lo calienta todo, desde pies desnudos hasta zapatos mojados y, poco después, nuestra cena también. Estoy temblando. No tengo medias secas. Me caen bien todos los del grupo, pero rezo en silencio para que se vayan a la mierda por un minuto para que pueda tener el fuego sólo para mí.

9:24 p.m.: Me convierto en un burrito en el momento en que me pregunta si oí eso. Me cubro de pies a cabeza con el saco de dormir, sacrificando comodidad y flexibilidad porque claro que lo acabo de oír, el correteo de patas diminutas a mi alrededor, lo cual quiere decir que unas putas ratas se colaron en la carpa. Es una tienda que comparto con un panameño cuyos ronquidos son más estruendosos que el volcán mismo. Tengo frío, me duele la espalda, quiero privacidad y mis medias siguen mojadas. Pero en mi rostro permanece pintada la más amplia y estúpida sonrisa porque hace diez minutos vi un volcán en erupción. Sí, con lava incluida fluyendo cuesta abajo en una exhibición incandescente que encandila al espíritu. Eso es todo lo que yo deseaba; es un sueño hecho realidad. Ahora sí, que continúe la pesadilla en compañía de ratas furtivas y panameños escandalosos.

Leave a comment