Estoy harto. Irritado. Al clima agreste del exterior, con vientos turbios y el fuerte oleaje del Río de la Plata, no le hace justicia alguna el monólogo insulso e interminable de la guía turística que taladra mis oídos a través de los parlantes del autobús. Vamos camino a Punta del Este, pero desde que el vehículo empezó su marcha en una lluviosa Montevideo, la guía no ha dejado de hablar, disparando en inglés y portugués un guion memorizado e infinitas veces recitado.
Por eso, cuando realizamos una parada de cuarenta minutos en Punta Ballena, opto por ignorar la invitación que ella nos hace a visitar el Museo Casapueblo. Se antoja casi un acto de rebelión el ir en contra de la recomendación de esta persona que me está matando de aburrimiento. Tan pronto como bajo del autobús me entrego a Google Maps para que dictamine qué hacer, y de inmediato encuentro mi destino. A dieciséis minutos del museo está la Playa las Grutas, un lugar con gran puntuación en la aplicación y lindas fotos que atraen mi atención. No me lo pienso dos veces. Abandono autobús, grupo y museo para vivir una pequeña aventura de poco menos de una hora.
Apenas una o dos personas se cruzan en mi camino durante la marcha a paso rápido. Dejo casas y carreteras atrás para internarme en senderos arenosos que llevan a las grutas. Reviso el mapa en el móvil una y otra vez, consciente de que apenas llegue a mi destino dispondré de unos diez minutos nada más para explorar y disfrutar la vista antes de tener que regresar. A cada minuto me pregunto si no habré cometido un error, si sería mejor dar vuelta atrás. Pero cuando alcanzo la playa y la furia del viento rioplatense golpea mi rostro de lleno, me entrego al momento, sintiéndome invencible e infinito.
A las 11:54 a.m. capturo la primera foto de Las Grutas. Un minuto después escalo unas rocas, alzo la vista y el horizonte acuático me saluda, playa y río y brisa abriéndose ante mí. No hay un alma alrededor, y por un momento glorioso creo que he descubierto una gema oculta al resto del mundo, un conquistador colombiano embelesado con este rinconcito uruguayo que casi parecía estar esperándolo.
Me pongo las gafas de marco rojo que llevo ese día, subo el volumen de los audífonos y combino mi música con el lugar. La placa de nubes que se mece en el cielo imita el color de las aguas que golpean la costa. Y yo, yo ahí, añorando detener el tiempo, calculando las consecuencias si abandono el resto del tour para quedarme anclado a ese bello fin del mundo llamado Punta Ballena.

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