Es casi medianoche cuando la tormenta se desata sobre nosotros. Gotas gruesas y furiosas ametrallan la azotea obligándonos a escapar en busca de cubierta, pero tan pronto nos refugiamos al interior del edificio, continuamos con la animada conversación. Tres horas antes éramos unos desconocidos pero ahora, mientras Montevideo se rinde ante un aguacero torrencial, nosotros nos deleitamos con la calidez y el entusiasmo que genera el conocernos unos a otros por medio de anécdotas de viajes, sueños pendientes y destinos futuros.
Somos cinco viajeros en esta improvisada Liga de Naciones que se conforma una noche de domingo en la capital uruguaya: Capucine, una chica francesa con aires de soñadora a tiempo completo; Daniel, el australiano experto en drones; Franci, una flautista alemana cuyo espíritu sigue cautivado por el atractivo de Río de Janeiro tras su más reciente viaje; un chico argentino que se nos unió a último minuto y cuyo nombre no alcanzo a recordar, y yo, Jef, el escritor colombiano encantado ante la perspectiva de una velada para conectar con gente maravillosa de diferentes partes del mundo.
La magia de esta charla casual reside en su espontaneidad. En un momento dado estoy por mi cuenta escribiendo una carta en una silenciosa azotea, y apenas diez minutos después estoy presentándome ante viajeros de varios continentes que convergen en esta terraza para disfrutar de la brisa junto con la vista. Todos estamos viajando solos pero la soledad se hace a un lado a medida que construimos una camaradería por medio de los viajes mismos y la alegría que genera estar vivo y libre en Montevideo. Esta conexión crece orgánicamente, poniendo a prueba la noción de que somos viajeros solitarios. Quizás pasa que, al estar tan lejos de todas las personas que conoces, un profundo deseo por conectar con alguien, aunque sea por un instante fugaz, te impulsa a buscar una palabra, una sonrisa, un breve contacto visual que te ancle a este lugar y este momento. Eso es lo que sucede con Cap, Franci y Daniel. Mientras los truenos y relámpagos brindan de fondo un espectáculo sobre el Río de la Plata, tomamos turnos para revelar la faceta exploradora que llevamos dentro, confesando nuestros sitios favoritos, las peores experiencias de hostal y los destinos ideales para esa noche si no fuese porque contamos con la tremenda fortuna de estar allí, compartiendo una agradable noche uruguaya en una azotea.
Capucine no solamente posee el nombre más adorable que he oído jamás, sino que también exhibe un espíritu libre que convierte cada palabra y gesto suyos en una fantasía misma. Cuando la lluvia aún no nos ha forzado a buscar refugio, nos revela que su sueño es montar a caballo en algún lugar idílico, todo gracias a un programa de televisión que solía ver en su niñez. Ese sueño está a escasas horas de volverse realidad, ya que al día siguiente viajará a Cabo Polonio para servir como voluntaria cuidando de caballos en una cabaña remota. Daniel habla de su trabajo ayudando a personas con discapacidad para que puedan cumplir sus sueños y llevar vidas más fáciles en su natal Australia, mientras que aquí en Montevideo nos enseña sus cualidades controlando un dron que captura imágenes cinematográficas del centro de la ciudad. Y Franci, a pesar de dar muestras de cansancio, no puede esconder sus emociones al hablar casi extasiada de Río de Janeiro y las dos semanas inolvidables que pasó allí. Esta alemana con raíces croatas que ha tocado música en lugares como Francia o Perú cayó enamorada de la samba, la alegría y el colorido de ese paraíso brasileño que a tantos suele seducir. El chico argentino se une al grupo cuando ya estamos resguardados del aguacero. No habla mucho inglés pero su sonrisa amplia y genuina dice un montón, y entonces Franci y Capucine lo sorprenden (al igual que a mí) al enseñar su muy fluido español en un intento por integrarlo más a la conversación.
Alemania, Australia, Argentina, Francia, Colombia. Cinco nacionalidades, todas reunidas a medianoche en el corazón de Ciudad Vieja, en Montevideo. Hay una alta probabilidad de que jamás volvamos a vernos, pero por un breve instante en esta noche tempestuosa nuestros caminos de viajeros solitarios llevan a una misma azotea donde lo único que realmente importa es que compartimos risas, ambiciones, desafíos y una memorable conversación. ¿No es extraordinario?

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