Safe & Sound

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—¿Tocarías para mí una vez más?

Era imposible negarle su deseo en esas circunstancias. Asentí brevemente pero me levanté con dificultad, mi angustia amenazando con petrificarme mientras lo observaba, temiendo que al volver él ya no estuviese allí. Me di la vuelta y comencé a caminar entre los escombros. Cuadros y muebles yacían por doquier, formando un laberinto de destrozos que parecía no tener salida. Adiviné en la penumbra la posición del armario, un trasto medio roto que formaba con pedazos de madera astillada unas fauces salvajes ocultas en sombras. Mientras estiraba la mano para abrir la puerta del armario, otra leve réplica se sintió bajo mis pies.

Duró tan poco como la lágrima que surcó mi rostro hasta caer al suelo resquebrajado. El ritmo cardíaco martilleó mis sienes y a punto estuve de girarme y correr de vuelta, pero me contuve y esperé en silencio. Cuando el movimiento telúrico cesó, alargué mi mano nuevamente y rebusqué en el interior del mueble destrozado hasta dar con el mástil de la guitarra. Me giré hacia donde estaba él y al alzar la vista un estremecimiento me recorrió con cruel intensidad. Aunque había visto la misma escena durante los últimos minutos, no pude evitar las oleadas de dolor y desespero que hundieron con furia letal cualquier rastro de recuerdo feliz.

Frente a mí ya no se alzaban los muros ni la ventana inmensa que otorgaba vista a una ciudad de sutil belleza. En su lugar estaba un hueco gigantesco por el que se veía una capital sumida en pena, desgracia y oscuridad. Las pocas luces que adornaban Santiago eran las de fuegos voraces continuando la destrucción iniciada por un terremoto cobarde que decidió atacar a medianoche. Podía percibir la silueta de casas y rascacielos sosteniéndose débilmente, elevándose al cielo como suplicando una clemencia que tardaba en aparecer. Ya no había muro que completara mi pequeño apartamento, sólo un orificio negro y siniestro, la herida de un edificio derrumbándose con cada segundo que pasaba. Regresé hasta mi Matías con guitarra en mano y me senté junto a él, observando una vez más su rostro y pecho, lo único que los restos del techo no alcanzaron a ocultar. Cerré los ojos, aspiré hondamente, y empecé a tocar.

Las notas que se elevaron crearon una barrera entre el mundo apocalíptico que se extendía más allá de nuestro piso y nosotros. Sirenas y lamentos se vieron acallados por una melodía que se alzaba en medio de la tragedia. Los sentimientos que Matías había causado en mí desde que nos conocimos fluyeron con libertad tan pronto empecé a cantar. En cada palabra susurrada deposité recuerdos y sonrisas, caricias y abrazos, confesiones y silencios. La letra nada tenía que ver con nuestra vida, pero en mi tono de voz y en la intimidad del momento mi corazón se abrió como nunca había hecho para enseñarle a mi Matías que él era mi todo. Lo que nunca pude describirle se lo canté con la pasión de quien sabe que jamás entonará otra melodía. Le enseñé con la canción cómo su ser creó este instrumento que ahora producía para él su trabajo más sublime y desgarrador.

Entonces su voz se alzó también, fusionándose con la mía. Fue en esa unión en la que nuestras almas se saludaron y despidieron a la vez, no sin antes danzar una última pieza bajo el turbio, compungido cielo santiaguino. Mis oídos captaron en su tono el amor curioso y caprichoso que me había lanzado como hechizo para nunca más dejarme ir. Atrapado bajo los escombros, me sonrió al tiempo que sacaba una mano ensangrentada de entre las rocas y la acercaba a mi pierna flexionada. Sin dejar de cantar, me entregó con ese roce el último gesto de amor que le quedaba. La armonía tejida con nuestros susurros se erigió y nos envolvió en un manto de fantasía que ni Dios pudo romper. Y fue así como le robamos a la providencia una pizca más de amor y alegría en medio de la devastación. La melodía terminó. El rasgar de las cuerdas se detuvo justo cuando mi Matías cerraba sus ojos y mi existencia.

Afuera, en la calle colmada de escombros, un grupo de personas eleva la vista al edificio parcialmente derrumbado. Oyen un canto solemne que se impone sobre el llanto, la pérdida, el desespero. Policías que atienden infinidad de emergencias se detienen a escuchar también, olvidando el caos alrededor. Niños y adultos desplazándose por los barrios de Lastarria, Yungay y Bellavista, todos ellos intentando encontrar vida entre montañas de ladrillo, de repente se hallan absortos en una melodía que gusta y lastima a un mismo tiempo. Anhelan permanecer allí eternamente tanto como huir de ese melancólico sonido. Entonces creen ver alzarse entre los escombros del edificio un haz de luz roja, un rayo minúsculo que se impone al manto fúnebre extendiéndose sobre la ciudad. No es una luz de valentía, ni tampoco de fortaleza. Ni siquiera de esperanza. Es una chispa de amor. Un retazo de roja luminosidad que como un canto de fénix sobrevuela Santiago, internándose por algunos segundos en el corazón de un pueblo derrotado antes de desvanecerse. Luego, silencio total.

Dejé la guitarra a un lado y me acurruqué junto a él sosegadamente.

Creí oír un repiqueteo siniestro proviniendo de no sé dónde y acercándose con rapidez. Supe entonces que Ella había llegado. El frío sobrenatural que me sacudió lo confirmó. Estaba allí con su hoz para llevarse la esencia de él y dejarme con su cuerpo vacío. Pero incluso ella, La Muerte, se sorprendió, dudó y se conmovió. Porque no maldije, no lloré. No me aferré al cuerpo de Matías ni grité su nombre. Tan sólo le acaricié la mejilla, intentando recoger el último vestigio de su calidez.

Cuando La Muerte se hubo ido, cerré los ojos y me junté contra su pecho y rostro. Ambos caímos dormidos. Él en un eterno sueño en otro mundo, aguardando mi llegada. Yo en una corta siesta que precedería el inicio de una nueva vida que no iba a vivir. El comienzo de una etapa en la que no estaría presente. El principio de un destino sin destino porque mi destino eras tú, mi Matías.

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