Peregrinaje de Dieciocho Horas a Monserrate

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Si fuese supersticioso, en algún punto habría pensado que Allison no estaba destinada a viajar a Colombia ese fin de semana: en primer lugar no pudo abordar el vuelo que había programado a Bogotá; luego quedó estancada con una de mis maletas porque por algún motivo pensamos que era buena idea si ella me ahorraba molestias y dinero llevándola en su vuelo de equipaje gratuito. Y por último, un nuevo viaje reservado a último minuto de la mañana siguiente la obligó a encaminarse hacia el aeropuerto a velocidades peligrosas y con muy pocas posibilidades de llegar a la sala de abordaje antes de que el avión despegara.

Pero no soy supersticioso.

Así que Allison logró aterrizar en mi país para lo que se convertiría en su primer viaje sudamericano, uno que terminó siendo un éxito rotundo.

Con apenas cuarenta y ocho disponibles para deleitarse con el fervor de una navidad colombiana, Allison no pudo llegar en un momento mejor: Noche de Velitas, esa celebración especial en la que los colombianos encienden coloridas velas en calles y balcones en lo que ya es un inicio no oficial de la temporada navideña. La música retumba en cada hogar, los vecinos comparten tragos y abrazos, y súbitas fiestas se apoderan de las calles hasta el amanecer.

Allison absorbió un poco de todo esto apenas dejó el aeropuerto, pues para cuando llegamos a mi vecindario el baile y la alegría ya impregnaban la atmósfera a pesar de la hora tardía. Hacia la medianoche estábamos sentados en unas sillas de plástico en mitad de un callejón cerrado para vehículos en el que amigos y extraños se embriagaban mientras nos ofrecían un trago tras otro. Los recurrentes fuegos artificiales iluminaban el cielo, sus detonaciones mezclándose con la popular música de diciembre que se riega por el país y que acallaba nuestras conversaciones desde parlantes gigantescos ubicados en las aceras. Si estaba cansada tras el largo día de viaje, mi amiga nunca lo demostró; Allison contemplaba las festividades con ojos grandes de mirada curiosa, probablemente intentando registrar esta locura colombiana de bailar al aire libre pasada la medianoche bajo frías temperaturas en compañía de asados y tragos de aguardiente.

Pero el momento cumbre de su viaje llegó al día siguiente cuando nos embarcamos en un tour de luces navideñas que nos llevó a Boyacá, uno de los treinta y dos departamentos de Colombia. Reservamos la experiencia con mi familia y Allison se unió a nosotros con gusto sin saber realmente qué esperar. Un bus con aproximadamente treinta personas dejó Bogotá a las 2 p.m. para  para adentrarse en el paraíso rural tan característico de Boyacá. A las 5 p.m. tuvimos nuestra primera parada para degustar un refrigerio en Ventaquemada, un pueblito conocido por sus exquisitas e inigualables arepas.

Después llegamos a Corrales, una municipalidad asediada por vehículos que arribaban para la ceremonia oficial de encendido del alumbrado navideño, programado para las 8 p.m. Un festejo clamoroso se desarrollaba en la plaza del pueblo gracias a orquestas populares, música típica boyacense y fuegos artificiales que atraían a una multitud cada vez mayor y más entusiasmada. La plaza estaba a reventar, y sin embargo más gente seguía llegando, especialmente cuando dio inicio el conteo regresivo para el encendido de las luces de la iglesia local. Para cuando partimos la fiesta recién estaba despegando, aunque Allison ya se encontraba fascinada por la atmósfera alegre que nos rodeaba.

Hacia las 10 p.m. nos detuvimos en un pueblo célebre por sus artesanías y tejidos de lana. Las calles que desembocaban en la plaza central de Nobsa ofrecían lo que parecía un infinito despliegue de tiendas y quioscos de los que resultaba casi imposible salir con las manos vacías. La iglesia brillaba con su iluminación navideña y un camino formado por luces y decoraciones temáticas guiaban a los turistas por la avenida central, la cual bullía de actividad en cada tienda o restaurante.

El pueblo de Tibasosa no estaba tan agitado, pero su espíritu navideño seguía latente a la medianoche gracias a su hermosamente decorada catedral o el letrero gigante con el nombre del pueblo ubicado en medio de la plaza. Fue el punto ideal para tomar varias fotografías. El ambiente apagado nos llevó a pensar que la gente por fin estaba regresando a sus hogares y que nuestra siguiente parada, la última antes del regreso a Bogotá, estaría vacía. Estábamos muy equivocados.

El Puente de Boyacá es un monumento nacional en el que una batalla de proporciones históricas selló la independencia de Colombia en 1819. Y aunque ninguna pelea tuvo lugar cuando llegamos allí a las 3 a.m., verdaderamente se sintió como si estuviéramos en el epicentro de una conmoción monumental que congregaba una cantidad inverosímil de personas teniendo en cuenta la muy tardía (o muy temprana) hora. El clima era gélido, un frío que penetraba ropa y piel, un frío que nunca antes había experimentado en mi país. Pero lo más impactante era ver la interminable masa de gente concentrándose para admirar las luces navideñas sembradas en el terreno desigual bordeando el puente.

La impresión de Allison era evidente. ¿Quién en su sano juicio sale bajo un clima tan despiadado para contemplar decoraciones a las tres de la madrugada? Y aún más, ¿cómo carajos era que todos parecían tan felices y radiantes? Los niños corrían o rodaban por las cuestas, familias enteras posaban para fotos bajo árboles o flores artificiales, y nuevos visitantes no dejaban de aparecer. Fuimos a una tienda repleta para adquirir una bebida caliente y cuando por fin obtuvimos una nos quedamos afuera para observar con manos temblorosas y ojos rojos pero felices la vista maravillosa ante nosotros. Se antojaba irreal.

Finalmente llegó la hora de volver a Bogotá. Cada trayecto en el bus de pueblo en pueblo fue utilizado para tomar cuantas siestas fueran posibles, y ese último viaje no fue la excepción. Arribamos al punto de partida del día anterior con el despuntar del sol. Pero mientras mis familiares, con párpados pesados y el sueño pintado en sus rostros, se regodeaban ante la idea de tomar un taxi para ir a casa, Allison y yo subimos a un Uber para ir a nuestra parada final, tal vez la más importante de todas: Monserrate.

El domingo 9 de diciembre de 2018 a las 8:40 a.m. tomé la primera selfie de Allison y yo en lo alto del destino turístico más icónico de Bogotá, un cerro monumental custodiando a la capital colombiana con sus 3,152 metros sobre el nivel del mar. En la imagen, justo detrás de nosotros se alzaba impasible la popular Basílica del Señor de Monserrate, bañada en una luz solar que nos calentaba tras las horas heladas que pasamos en Boyacá. En menos de doce horas Allison estaría regresando a Estados Unidos, pero por el momento su única preocupación era tomar la mejor foto posible de la basílica y la ciudad ante nosotros. Habíamos completado más de dieciocho horas yendo de un lugar a otro pero aún teníamos una gota de gasolina para caminar a la Plaza de Bolívar, otro punto histórico cercano a Monserrate, el corazón de la política colombiana.

Con el paso de los años Allison ha viajado más veces de las que puedo recordar, pero cada vez que vamos por una charla y un café, ella rememora los días espléndidos que pasó en mi ciudad,  lo mucho que añora regresar. Un recorrido de dieciocho horas que culmina en una montaña a más de 3,000 metros sobre el nivel del mar puede sonar como la idea más absurda posible, pero cuando cuentas con una amiga fenomenal como Allison, esto está destinado a convertirse en una experiencia extraordinaria e inolvidable.

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