Cuando nos despedimos y le dije que escribiría sobre nuestras aventuras en Medellín, lo único que pidió fue que relatara con honestidad la locura y diversión de esas dos noches que pasamos en Provenza bailando reggaetón desenfrenadamente. Así pues, sin filtro alguno, esto fue perrear con una diosa ucraniana en la ciudad de la eterna primavera.
Al verla por primera vez en el recorrido que nos llevaba a El Peñón, pensé que era un ama de casa entrada en años, quizás guiando a su linda familia norteamericana en una escapada decembrina por Sudamérica. En mi defensa, íbamos en grupos separados y sólo la vi de lejos, luciendo una gorra blanca a juego con una pinta conservadora que le daba un aire de mamá comedida. Me llevé una gran sorpresa cuando, ya en lo alto del Peñón y deleitándome con la vista formidable, se paró junto a mí y casualmente comenzamos a charlar. El suyo no era el rostro de una madre lejos de la juventud. Ojos azules radiantes, sonrisa inmaculada, piel a todas luces suave por lo bien cuidada, y la vivacidad de alguien que no superaba los treinta. Por su acento le pregunté de dónde era y, cuando contestó que de Ucrania, quedé prendado de ella (tengo una debilidad por ese país europeo desde febrero del 2022).
Al iniciar el descenso hacia el punto de encuentro con nuestros guías, un grupo de bros americanos empezó a lanzarle piropos que ella ignoró sutilmente. Por alguna incomprensible razón se quedó conmigo, charlando sobre viajes, aventuras, y curiosidades de Colombia. Horas después, poco antes de que acabara el tour, nos cruzamos en una parada rápida y me preguntó sobre mis planes para la noche. Le dije que sólo tomar y bailar estaba en mi horizonte, a lo que sugirió que nos viéramos para compartir plan mientras me daba su número. Creo que no le demostré emoción alguna, pero por dentro estaba en shock. Y así, en shock todavía, casi creyendo que me dejaría plantado, nos encontramos en el corazón de Provenza sobre las 10 p.m. para darle inicio al descontrol.
Si la primera vez que la vi me pareció una madre recatada, en nuestro segundo encuentro se antojaba una jodidísima Barbie sacada de Playboy. Su cabello rubio destacaba en la penumbra de las discotecas, el destello de sus ojos sincronizaba con el furor de la parranda, y el traje ceñido que vestía destacaba su cuerpo de modelo. Acaparaba mirabas allá donde iba y en algún momento cuando fue a la barra por unos tragos, me reí internamente mientras la observaba porque ¿qué carajos hacía esta tipa despampanante con un nerd como yo? Claro, había tenido el decoro de dejar mis gafas en el hotel y vestirme acorde para una noche de baile, pero me sentía muy fuera de lugar con ella. Afortunadamente no lo notó y seguimos entrando en confianza al ritmo de trago y reggaetón.
No reparaba en gastos cuando de tequila se trataba, y sólo aceptaba invitaciones mías si yo me atrevía con los tragos que ella consumía. Para cuando escuché “Pepas” por primera vez aquella noche, ya había perdido los recatos de la sobriedad y quiero creer que, para bien o para mal, nadie bailó esa canción como yo. Pero nadie podía compararse con Daria, pues conforme avanzó la velada descubrí que por sus venas corría el fuego de la música y la fiesta. De no haber sido por el rubio de sus cabellos o el azul glacial de sus ojos, habría pasado por una latina más gracias al vaivén de su cadera y la flexibilidad letal de sus piernas. Ella no era parte de la fiesta, era la fiesta misma. En todas las discotecas a las que entramos su baile descarado y frenético acaparó la atención. Aunque el éxtasis de la rumba se fue apagando en ‘Medallo’, estoy convencido de que Daría habría podido seguir hasta que saliera el sol.
Al día siguiente nos encontramos para desayunar en un local mexicano porque ella, que desde hace un tiempo reside en Puerto Vallarta, no podía aguantar más sin probar algo típico de lo que ya considera su tercera tierra (tras Ucrania y Estados Unidos, donde vivió los últimos años y tiene a su madre y a Toby, su mascota). Admito que, tras haber descubierto su faceta de party girl que se lleva todas las miradas, imaginé que una noche conmigo había sido suficiente para ella y no querría verme más, especialmente un viernes en Medellín cuando la fiesta prometía ser más intensa. Pero allí estaba, degustando tacos con aguas frescas y sin rastro alguno de la noche de rumba.
Vestía ropa deportiva negra a juego con unos Nike de suela blanca y una chaqueta de jean. Ocultaba ese azul casi asesino de sus ojos tras unas gafas oscuras. Un pequeño bolso y un sujetador de cabello rosados sumados a su belleza natural me recordaban que estaba frente a una Barbie del oriente europeo. Acompañamos el desayuno con repasos en Google a las actividades que podríamos realizar ese día, y decidimos que no estaría bien dejar Medellín sin antes echarle un vistazo desde el Metrocable.
Ni en mis fantasías más desquiciadas me habría imaginado escuchando “Pepas” a todo volumen en una cabina del Metrocable junto a una ucraniana que bailaba exclamando “¡tequila, tequila, tequila!” Pero con Daria lo imprevisible empezaba a ser certeza. Habíamos llegado a un mirador desde el cual la ciudad se ofrecía plácida y etérea. Estaba casi vacío, el silencio acompañando un paisaje cuyos trazos de naturaleza rodeaban un lugar con cada vez más aires de metrópoli. Fue entonces cuando Daria se hartó del mutismo, o quizás fui yo, pero de uno de nuestros móviles surgió aquella famosa canción de Farruko por la que tengo una tonta debilidad. Y empujado por Daria, por su arrebato de alegría y fiesta eterna, empecé a saltar cantando Pepa’ y agua pa’ la seca…
Su alegría era contagiosa. Su locura también. Si ella, en un país extraño donde llamaba la atención de cualquiera por su extraordinaria belleza, era capaz de moverse al ritmo del reggaetón a mediodía en mitad de un mirador, ¿por qué no iba yo a hacerlo también? Presas de ese delirio reggaetonero regresamos al Metrocable y tuvimos la suerte de subirnos a una cabina vacía, así que continuamos la fiesta improvisada allí a pesar de mi pena y el temor del “qué dirán quienes nos vean desde el exterior”. Pero a Daria esto la traía sin cuidado; estaba de pie, con sus gafas oscuras puestas y poseída por la cadencia de los artistas favoritos que puso en su celular mientras las comunas de Medellín desfilaban tras ella.
En la Plaza de Botero no me extrañó que Daria quisiera una foto tocándole las nalgas a alguna de las robustas esculturas allí; caminando por la animada zona de Laureles dimos con un restaurante donde comimos pizza con sangría mientras Daria me hacía llorar de risa con su acento de babushka (abuela) ucraniana. Allí empezamos a planear lo que sería la noche y, aun cuando ya venía adaptándome a sus extravagancias, me tomó por sorpresa al anunciar que le gustaría ir a un club de striptease. Le hizo gracia cuando admití nunca haber ido a uno, y creo que incluso me miró con ternura o compasión. No recuerdo qué sucedió pero finalmente no fuimos a ninguno; volvimos a nuestros hoteles y nos dimos un par de horas para descansar y cambiarnos antes de volver a aquel paraíso llamado Provenza.
Sandalias, pantalón blanco, blusa oscura dejando sus hombros al descubierto y el cabello suelto rozando la piel desnuda. Sentada frente a mí y degustando un espresso Martini que le envidié largo rato hasta que me invitó a probarlo, Daria por fin dio muestras de un leve cansancio mientras tomábamos el primer coctel de esa velada. Eso me impactó tanto como todo el tiempo que pasó junto a mí. Pero tras una lluvia pasajera Provenza volvía a bullir al ritmo de J Balvin, Maluma, Bad Bunny y compañía, por lo que flotaba en la atmósfera una carga eléctrica propia de noche de viernes que invitaba al frenesí. Y Daria, Daria volvía a estar preparada para deslumbrar con su perreo intenso que le granjeaba un título honorífico de latina. En la tierra de Karol G, era esta diosa ucraniana la que se imponía con su cuerpo tan bien sincronizado con el reggaetón.
Un par de horas después, a las 3:40 a.m. y montado en un taxi en dirección al aeropuerto Internacional José María Córdova, mi experiencia antioqueña llegaba a su fin. Me era casi imposible mantener los ojos abiertos, pero cada que lo lograba sonreía porque Daria surgía en mi mente y yo me preguntaba, quizás me pregunte aún, si realmente existió y cómo hice para sobrevivir a su poder de perreo ucraniano en Medellín.

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