Problemas al Viajar

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Perdiste los regalos que habías comprado para tus seres queridos; un catalán grosero te gritó mientras hacías un tour en bicicleta por Barcelona; el taxista que te llevaba al aeropuerto te cobró mucho más de la cuenta. Si has viajado una que otra vez, es probable que hayas enfrentado estas u otras desagradables experiencias en las que nada sale como lo planeabas y súbitamente, en los distritos de París o las avenidas de Nueva York, te sientes miserable y estafado por el destino. Todos hemos pasado por eso. Explorar nuevos lugares viene con ciertos desafíos, tales como los que vienen a continuación; tres ciudades con tres amargos sucesos que lograron destruir (al menos momentáneamente) el entusiasmo yo que llevaba por estar en una nuevo destino.

¿Hora de despertarse?

Dublín, marzo de 2022. Sólo tengo veinticuatro horas en la capital irlandesa antes de volar a Edimburgo, así que estoy más que listo para colar cuanta actividad me sea posible en un viernes fresco que huele a cerveza Guinness y aventura. Poco me importa el jetlag o la falta de sueño que me precede tras una dura semana de trabajo, así que dedico toda mi energía a caminatas por museos, paseos en bici, visitas a catedrales y, la guinda del pastel, un tour de bares.

Para cuando el reloj marca las 3 a.m. soy un despojo humano con pies entumecidos y visión borrosa, así que por fin me doy por vencido y camino hacia el Airbnb. Antes de aterrizar en la cama activo cuatro alarmas diferentes y aborrezco el instante en que vayan a despertarme dentro de unos noventa minutos. Sin embargo, tal parece que conseguí dominar el arte de ignorar y apagar alarmas sin saberlo, pues para cuando por fin me levanto son las 6:05 a.m., apenas quince minutos antes de que mi avión despegue. Maldiciendo en inglés y español, agarro mis cosas y salgo apurado. Una hora después llego al puesto de Ryanair en el aeropuerto, donde consigo encontrar asiento en el siguiente vuelo hacia Escocia pero sólo después de pasar mi tarjeta para pagar la hermosa suma de €100. Apenas un día en suelo europeo y ya mi presupuesto cae por cien euritos gracias a mi estupidez. Fabuloso.

“Montón de tiempo disponible”

Estoy sentado en unos escalones de Trafalgar Square viendo la vida inglesa desarrollándose en pleno furor sabatino. Tras una mañana caminando junto al Támesis y el Palacio de Buckingham, disfruto la vibrante tarde londinense mientras aguardo el momento de ir a una función de teatro programada para las 3:15 p.m.

Saco mi celular para confirmar la dirección. ¿Tiquete? Listo. ¿Teatro cerca? Listo. ¿Ubicación el en mapa? Lista. Pero cuando observo la hora de inicio en el boleto digital mi corazón se desploma. No comienza a las 3:15 sino a las 3 en punto, en menos de diez minutos. Por algún motivo anoté la hora errónea en el itinerario que creé en mis Notas. Me pongo en pie de un salto y echo a correr como si estuviera en la final de la FA Cup en Wembley. Cruzo entre la multitud y sorteando varios taxis negros rogando poder llegar a tiempo, el musical de Mamma Mia! que tanto he querido ver infundiéndome adrenalina para no desfallecer en mi inesperada maratón londinense, pero cuando arribo al teatro las puertas recién se han cerrado y no hay nada por hacer. ¿Lo más bello de todo? Habría podido recibir un reembolso total del precio del boleto si lo hubiera asegurado por unas tres o cuatro libras esterlinas, pero claro, elegí ahorrarme esa cantidad pensando que nada me iba a impedir estar allí a tiempo. Ay, Jef…

Toma tu propina, perra

Para nuestra última noche en Europa, mi familia y yo decidimos salir para gozar de la vida al ritmo de sangría. Madrid ad portas del verano se antoja perfecta para ello. Ya hemos cenado, así que vamos a un bar que conozco para pedir las bebidas y empezar a rememorar el viaje increíble que hemos vivido hasta el momento. Son las 9 p.m., la hora ideal para que la gente salga a cenar allí, así que cuando llegamos al bar-restaurante con buenas pintas y un humor inmejorable, la mesera que nos atiende asume que vamos a comer. Nos guía a una mesa al interior del establecimiento y antes de que yo tenga chance de aclarar que sólo queremos beber algo, ella comienza a organizar la mesa como si fuésemos a darnos un festín entero. Es una belleza ella, sólo sonrisas y tratándonos como si fuésemos de la realeza, pero cuando por fin le digo que sólo queremos sangría, su encanto desaparece.

La sonrisa se le borra, los buenos modales se esfuman y apenas una mirada de desdén queda colgando de sus ojos. Le dice algo al barman que no alcanzo a entender mientras limpia la mesa de forma tan ruda que acalla las conversaciones entre mis primos y tías. Me siento avergonzado, humillado. Ninguno de nosotros suelta palabra pero sabemos que estamos siendo juzgados y tratados como basura por el simple hecho de ocupar una mesa sólo para tomar algo (sin mencionar que el lugar está vacío). La mesera trae dos jarras de sangría, las planta en el centro de la mesa y se marcha sin decir más. Comenzamos a beber pero todo nos sabe agridulce ya. No mencionamos lo ocurrido pero consumimos la sangría con evidente impaciencia en un tácito acuerdo por marcharnos cuanto antes.

Cuando es hora de pagar le digo a mi familia que me espere afuera. Camino hacia la barra, donde la mesera está junto al barman. Le pago la sangría y después, en un movimiento producto del resentimiento que me ha generado, saco €30 que tenía guardados en la billetera para regalos de último momento en el aeropuerto y los tiro sobre la barra como propina antes de irme. Lo lamenté de inmediato, pero más lamenté el sentirme tan humillado por su hostilidad.

Años después, estas malas experiencias se sienten demasiado triviales. Sí, en Irlanda la mañana entera se vio arruinada tras perder €100 por mala planeación y errores estúpidos, pero Edimburgo pasó y fue tan intensamente mágica que el episodio de Dublín quedó olvidado en el acto. Tras perderme de Mamma Mia! en Londres del modo en que lo hice me sentí como un idiota. Me dañó el resto de la tarde, mi primera tarde en el Reino Unido. Afortunadamente, el primer tour de bares que hice en mi vida estaba programado horas después y dejó recuerdos tan gratos que maquillaron lo malo de aquella jornada. En cuanto a Madrid, pues nada, todavía escoce un poco porque mi familia estaba presente, pero tras esa situación incómoda algunos de nosotros arreglamos la velada yendo a bailar hasta el amanecer. Entonces sí, hay vida y diversión y baile tras una mala experiencia durante un viaje. Por eso es que al final terminamos ansiando un nuevo destino, ¿cierto?

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