Checho, Comuna y Color

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—¡Checho! —grita un niño en la entrada de un callejón. Corre abriéndose paso entre nosotros hasta llegar a Sergio, un colombiano de tez morena que va dejando atrás los últimos vestigios de su adolescencia. El niño no sólo lo abraza, se aferra a él con una mezcla de afecto y admiración. Sergio, nuestro guía turístico, oculta bien la sonrisa que quiere aflorar a sus labios para decirle al chico con tono firme que regrese al grupo en el que estaba o se quedará sin comida.

Estamos en medio de la Comuna 13 de Medellín, la verdadera comuna de la gente, alejados de las explosiones de música y color que cada vez atraen más turistas a uno de los puntos más célebres de la ciudad. Con “Checho” a la cabeza recorremos un laberinto de caserones humildes donde la ropa recién lavada se extiende en ventanas entreabiertas a la vista de todo el mundo, donde la música de Pastor López o Karol G se confunde con los noticieros del mediodía y se cuela bajo puertas endebles para regarse por callejuelas que viran en todas direcciones.

En el instante mismo en que el niño grita el sobrenombre de nuestro guía con alegría desbordada y agarra su pierna, queda confirmada mi sospecha de que este es el mejor tour que pude escoger para un lugar tan emblemático en la historia antioqueña. Ya desde su inicio nuestro guía había dado serios indicios de que su actividad no buscaba dinero fácil ni realizar un típico recorrido Instagrammeable carente de significado. Para Sergio, el pasado y la esencia de la comuna eran vitales antes de adentrarnos en ella. Por eso la primera media hora transcurrió en la terraza de un hogar comunitario que sirve como base de operaciones para las muchas actividades que él realiza tanto para turistas como para residentes de la zona. Allí, con el trasfondo de montañas y la pólvora previa a la final del fútbol colombiano que se jugaba ese día de mediados de diciembre, Sergio nos dio una lección sobre la sangrienta historia del lugar que estábamos a punto de visitar y cómo en los últimos años pasó de ser una de las zonas más peligrosas del país a  un fortín turístico, comercial y cultural.

Éramos un grupo de canadienses, ingleses, alemanes y uno que otro colombiano como yo. Con un inglés básico pero seguro, Sergio nos explicó que parte del dinero que recibía como guía turístico iba destinado a labores comunitarias, a la alimentación de niños de bajos recursos tal como aquel que un rato después exhibiría su afecto sincero por ese guía paisa que se ganó nuestro respeto gracias a su experticia y generosidad.

Cuando la lección de historia acabó, tuvimos nuestra dosis de comuna colorida e Instagrammeable, sí. Admiramos el torrente de color, los despliegues de talento musical, las proezas del arte callejero y lo que más enamoró: ese prodigio llamado limonada de café que Sergio nos dio a probar en uno de tantos lugares atractivos que pululan en la zona.

Pero tras el ascenso popular por las escaleras eléctricas que propios y extraños hacen, y tras unos breves momentos en un mirador espectacular que enseñó la belleza de Medellín a nuestros pies, el descenso se dio por los senderos menos transitados donde vive el ciudadano común, donde el color escasea mientras la humildad  y penuria abundan.

Esa fue la Comuna 13 que más nos atrapó, la que Checho nos dio a conocer para entender su procedencia y valorar su difícil pasado hasta llegar a este presente en el que, afortunadamente, niños pueden correr por ahí con relativa seguridad en pos de aquellos que hacen de Medellín un lugar más seguro y amigable.

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