¿No les molesta no saber cómo escribir el nombre de alguien? Especialmente cuando se trata de alguien a quien viste a los ojos y acariciaste suavemente, alguien a quien le susurraste al oído mientras su cabello mojado caía sobre tus manos. Pero esta descripción quizás dé paso a malentendidos, así que mejor clarifico lo que ocurre:
Su nombre es Allie (hace rato decidí que así lo escribiría) y está sufriendo un ataque de pánico.
Es lunes 3 de junio en Punta Cana, República Dominicana. Sobre las 7 p.m. al cielo nada le importa ya y suelta un aguacero torrencial que pone fin a la ‘Jungle Party’ organizada por la cadena Riu Hotels en uno de sus numerosos resorts en el área. La gente abandona las piscinas y bares tras tres horas de música y desenfreno continuo para dirigirse a un callejón donde varios buses los llevan de regreso a sus respectivos hoteles.
Yo ya perdí la cuenta de cuántos tragos llevo, cada centímetro de mi piel está empapado y acabo de robarme las sandalias de alguien como retribución porque las mías se las robaron también. En resumen, sí, estoy un poco ebrio. En tales condiciones me dirijo a la fila de fiesteros que aguardan por el próximo bus. Ahí empiezo a notar el caos. Las personas se están empujando, ignorando la fila, intentando colarse para subir al bus cuanto antes porque la lluvia es inmisericorde. Y entonces la veo: una chica bastante joven, de cabello castaño, puede que unos 19 años por mucho y llorando desesperadamente. Otra joven, de cabello rubio, está junto a ella intentando calmarla sin mucho éxito. Puesto que están junto a mí les pregunto qué sucede pero ambas parecen incapaces de responderme. Una empleada del hotel aparece de repente y cuando advierte lo que ocurre se lleva a las dos chicas a otro punto.
Asumiendo que les buscará transporte inmediato al hotel o alguna asistencia médica, me olvido de ellas y me planto firme para evitar que me empujen o me adelanten en la fila. Diez largos minutos después logro montarme a un bus para escapar a la todavía intensa lluvia.
Tan pronto como subo al autobús la veo de nuevo. La chica de cabello castaño está en la tercera o cuarta fila a la izquierda, sentada con su amiga al lado y llorando incluso más que antes, el desespero absoluto pintado en su rostro. La desinhibición debido al alcohol más una preocupación genuina me llevan a preguntar de nuevo qué le ocurre, y esta vez la joven rubia responde algo. No recuerdo si es ella quien menciona un ataque de pánico o si soy yo quien eventualmente hace ese diagnóstico amateur, pero en cualquier caso su condición es peor y a nadie parece importarle. La gente sigue subiendo al bus, jóvenes dominados por el trago saltando, bailando o golpeando el techo metálico del vehículo, logrando que el ruido se mezcle con la música de los parlantes para crear una cacofonía que hace imposible oír lo que uno dice.
De algún modo consigo hacerme escuchar para averiguar el nombre de las chicas. Allie es quien sufre el ataque de pánico y Julia su amiga. Son canadienses, hacen parte de un nutrido grupo de amigos que se dispersó durante el frenesí de la fiesta.
Son apenas unas niñas, no tienen ni idea de qué hacer y todos en el bus siguen en modo rumba. Supongo que por eso decido quedarme con ellas, intentando hacer cualquier cosa para ayudar a Allie. Tan pronto sé su nombre me paro junto a ella, ignorando el bullicio de quienes pasan a nuestro lado. Y entonces le hablo. Durante los próximos doce a quince minutos, el tiempo que se tarda el conductor en llevarnos al hotel, suelto un monólogo compuesto de tonterías reconfortantes que espero sirvan para calmarla.
—Escúchame, Allie —le digo—. Lo lograste, ya estás en el bus. Vamos de regreso al hotel, todo va a estar bien. Ya pasó.
Quiero establecer contacto visual pero sus párpados están cerrados mientras continúa sollozando incontrolablemente, respirando con dificultad. Ubico mis manos en su rostro y le pido una sola cosa, la que repetiré el resto del viaje como una letanía.
—Inhala, exhala.
Le pregunto si puede hacer eso pero el incesante rugido de la gente alrededor la está volviendo loca, así que me acomodo tan cerca de ella como puedo para cubrir sus oídos con mis manos y bloquear la conmoción que nos rodea. Le pido, le ruego que inhale y exhale en sincronía con mis palabras. Repito un patrón, una secuencia rítmica acompañada del movimiento regular de mis dedos en sus sienes. Quiero que Allie se olvide de todo excepto nosotros dos, mi voz (a pesar de lo horrible que es) dictando lo que pasa, lo que se hace a continuación. Inhalar, exhalar.
¿Es raro? Sí, muchísimo. Una hora atrás no conocía a esta persona pero ahora acaricio su suave piel, ubicando mi boca junto a su oreja izquierda para susurrar cuatro palabras repetidamente mientras Julia nos observa con preocupación. Al principio Allie me ignora, la atmósfera opresiva es demasiado para ella y no consigue seguir mis instrucciones. No puede controlarse a sí misma y mis intentos por calmarla son en vano, especialmente en un momento dado cuando ella parece perder la consciencia. Su cabeza escapa de mis manos, resbala hacia su hombro derecho y calla al instante. Julia pierde su escasa calma y empieza a sollozar al tiempo que llama a Allie rogándole que despierte.
En ese instante me pongo muy nervioso, no tengo ni idea de qué hacer. Afortunadamente, si en efecto se desmayó, Allie vuelve en sí al instante así que vuelvo a la carga, intentando bloquear la cacofonía constante con cuatro simples palabras murmuradas en su oído. Y entonces por fin me escucha. Sus hombros se relajan un poco, los gemidos se disipan, sus ojos permanecen cerrados pero advierto que presta atención a mis palabras. Alabo su esfuerzo y resistencia para superar este infierno, y le ruego que haga algo por mí: inhalar, exhalar.
Inhala, exhala.
¿Por qué lo hice? Me gustaría decir que fui un buen Samaritano que no pudo tolerar ver a una mujer dominada por una situación extrema. Pero creo que hubo algo más. El alcohol ya me había prendido lo suficiente como para llevarme a hablarle a la gente más abiertamente, así que me acerqué a Allie y Julia sin reserva; si hubiese estado sobrio no sé si mi timidez constante me habría permitido ofrecerles ayuda. Además, cuando estábamos en el bus, hubo un momento en el que noté a algunas personas observándome con un deje de aprobación o incluso admiración, como si yo fuese alguien asombroso por brindarle auxilio a alguien que lo necesitaba. ¿Era eso lo que yo buscaba? ¿Notoriedad, visibilidad, la gratitud de esas jovencitas canadienses? Creo que un parte de mí sí quería eso, el brillar por mi amabilidad y éxito al apaciguar el ataque de pánico de Allie cuando nadie más se prestó para apoyarla. Así que no, no interpreté solamente un papel heroico sino también uno de narcisista despreciable buscando algo de gloria. Sí, soy lo peor. No obstante, de veras me preocupé por Allie; no alcanzo a describir el alivio que sentí cuando volvió en sí y empezó a sentirse mejor. Y, sólo por si acaso, aclaro que no fue hasta mucho después que pensé en este blog y en la gran historia que podría contar aquí tras lo sucedido.
Al final Allie se calmó. Había otro chico, un muchacho dominicano que era DJ o doctor (o ambas cosas, eso nunca me quedó claro) y quien nos ayudó a llevar a Allie hasta su habitación en el hotel mientras Julia nos indicaba el camino. Allie estaba demasiado exhausta, sus brazos descansaban en nuestros hombros mientras la guiábamos paso a paso. Casi no abrió los ojos pero el momento más feliz de la noche llegó cuando hizo una pequeña broma poco antes de llegar a la habitación. No la escuché pero Julia se rio mientras que una sonrisa, diminuta y cansada pero sonrisa al fin y al cabo, afloraba en los labios de Allie.
Y eso fue todo. Cuando llegamos al dormitorio Julia se ocupó de su amiga, no sin antes agradecerme de corazón por la ayuda prestada. Eso se sintió maravilloso.
Un último dato curioso: el doctor/DJ le había dicho a Julia que vigilara a Allie durante toda la noche para asegurarse de que se reponía sin inconvenientes. Pues bien, pocas horas después de despedirnos vi a la propia Julia nuevamente… en la discoteca del hotel. Tal parece que se cansó de su labor de cuidandera así que salió para volver a divertirse un poco. No bailamos juntos pero obviamente sí le pregunté cómo seguía su amiga y me contestó que mucho mejor. Lo cual, perdonen mi falta de modestia aquí, ocurrió en parte gracias a mi heroísmo teñido de narcisismo.

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