El Impermeable Amarillo

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28 de marzo

1:18 p.m. Londres. Hace apenas tres horas aterricé en Inglaterra y a las 3 p.m. ya estaré de camino a otro país. Con tan poco tiempo disponible no tiene sentido organizar una visita apresurada al museo de Churchill o cualquier punto turístico. Me decanto entonces por uno de mis pasatiempos favoritos: ver la vida en todo su esplendor discurriendo en calles o aeropuertos. Y si puedo hacerlo desde la comodidad de un bar con una Guinness junto a mí, pues mejor todavía.

Refugiándome de una muy tradicional llovizna londinense en The Camden Eye, obtengo una vista privilegiada del exterior justo en el momento en el que él aparece en escena. Está con una mujer, probablemente su mamá, quien empuja un coche hasta detenerse en el cruce mientras aguarda a que la luz del tráfico cambie.

Impermeable amarillo y azul, pantalón negro y un par de botas amarillas con el símbolo de Batman. Sostenía la mano de la mujer un minuto antes pero no cuando se gira y logro ver su rostro. Tiene cuatro o cinco años a lo sumo. Su inmaculada piel negra combina divinamente con el amarillo de su pinta; es toda una manifestación de moda, es arte, es ternura absoluta y explosión de color imponiéndose sobre el gris soso que reina allá afuera.

Pero es su expresión lo que me cautiva. La perplejidad flota en su mirada. Se cuestiona todo lo que ve alrededor. Londres se le presenta como un misterio y casi parece como si estuviera intentando descifrarla allí, al amparo de una luz peatonal junto a un bar y una estación del metro, armado con su impermeable amarillo y botas de Batman. Sí, es un niño, todo se le antoja nuevo y grande y espectacular. Pero él no está ni medianamente impresionado; es un cuerpecito diminuto bañado de amarillo exudando una extrañeza que me embelesa. Entonces se fija en mí por una fracción de segundo, como meditando el porqué de mi móvil apuntándolo a él, el porqué de mi presencia allí. Y yo sólo consigo envidiar su forma de observar a Londres de ese modo que nadie más lo hace, casi como si le exigiera respuestas por su forma de maniobrar con aquellos mecanismos internos que la hacen continuar día tras día, siglo tras siglo con una lluvia eterna que justo entonces regresa revitalizada en el instante en que la luz cambia a verde y la mujer le toma la mano para llevarse su libertad y su aire perplejo.

15 de abril

Escribí un borrador de este post en el bar The Camden Eye un par de semanas atrás pero no tuve tiempo de editarlo o publicarlo. Hoy lo pulí un poco pero la esencia de lo que capturé esa tarde de jueves prevalece acá.

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