De Viajes y Amor

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Una auxiliar de vuelo de Air France. O un barman en Trastevere. Quizás un perro bonito en Edimburgo parecido a Greyfriars Bobby, cuya estatua visitaste para tocar su nariz anhelando recibir algo de buena suerte. O tal vez esas tapas que probaste en algún lugar de Barcelona a medianoche en una rambla vibrante.  Si alguna vez has viajado entonces seguramente has amado a alguien o algo, desde un idílico atardecer japonés a ese sexy argelino coqueteando contigo en la discoteca o la limonada de café que bebiste en Medellín. Sería bastante preocupante que jamás hubieses experimentado esa emoción durante un viaje. Después de todo, escapar a un lugar que nunca has visitado antes te brinda esa oportunidad de conocer al amor y sus muchos amigos.

París, 2018

Algunas veces la Ciudad de la Luz cuenta con diez museos y treinta cafés a la vista pero ni un solo baño público, lo cual me llevó a meterme en un bar cualquiera donde, buscando los lavabos, terminé  descubriendo una suerte de mazmorra donde una banda estaba tocando en vivo. Asombrado por el pequeño público, el excéntrico pero acogedor escenario y la música genial cuyo eco retumbaba por las paredes rocosas, me quedé allí disfrutando una fantástica fusión de jazz y rock.

Poco después un par de chicas aparecieron para disfrutar del show. Se sentaron en dirección opuesta a la mía y entonces una de ellas intercambió la primera de muchas miradas conmigo. Tenía cabello corto de color castaño, piel pálida y un vestido de verano que le llegaba a las rodillas. La música era soberbia y el calabozo encantador, pero para mí la velada ahora se trataba de ella exclusivamente. Cuchicheaban con su amiga de vez en cuando, pero más que nada veía a la banda y me veía a mí; furtivamente, claro, tal como lo hacía yo, aunque el espacio era tan reducido que resultaba fácil atrapar la mirada del otro. Caí en un trance gracias a sus piernas oscilando armoniosamente con el ritmo de los instrumentos. Esa secuencia sutil  pero hipnótica  era irresistible, sincronizada como estaba al saxofón y las guitarras, música y piernas combinándose para hechizarme en mi segunda noche en París.

Lamentablemente yo tenía que partir temprano debido al cierre inminente de la estación de metro. Mientras pagaba por mis bebidas pedí una copa de vino rosé para que fuera llevada a la chica. Si a la mesera le pareció extraño o divertido no lo dejó ver en absoluto, y así salí con una sonrisa gigante a la noche de una primavera agonizante en el corazón del Barrio Latino. Mantuve la esperanza de encontrármela en Notre-Dame o Champ de Mars, mi flechazo pasajero bastando para hacerme sentir casi tan afortunado como Gil en Medianoche en París.

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Sí, suena muy cliché, pero el amor de veras se respira en el aire y en carretera tan pronto empacas tus maletas y lo dejas todo atrás para perseguir un nuevo destino. Obtendrás un sello en el pasaporte y puede que también alguna marca indeleble en el corazón gracias a esa persona que conociste en el hostal o al paisaje de la playa en tu primer día de viaje. Existe una energía indescriptible a nuestro alrededor o, mejor, dentro de nosotros,  en el instante mismo en que iniciamos una aventura; es tan vasta y poderosa que nos domina, doblega nuestra voluntad y nos deja expuestos ante el encanto de la gente, los lugares y las experiencias que se cruzan en nuestro camino. Así es como un simple tour de bares puede desembocar en un serio caso de obsesión.

Londres, 2021

Todo comenzó con la pandilla irlandesa. Esos adorables, tontos adolescentes sinvergüenzas que me adoptaron tras preguntarme si estaba solo (sí), si era gay (nope), y si estaba listo para la rumba (obvio que sí).

Estaba viviendo mi primer tour de bares, sintiéndome plenamente incómodo ante la idea de ir de pub en pub con un montón de extraños en la muy abrumadora zona de Soho. Pero para cuando habíamos llegado al tercer baryo ya estaba viviendo el mejor rato posible.

Entonces la noche se hizo infinita aquel instante en que sentí el brillo místico de sus ojos. Eran aturdidores, efervescentes, tan  vivos y luminosos como la propia Londres. Tendrías que ser un loco o un idiota para violar la fortaleza verde erigida por esa mirada. Y yo, ayudado por un mojito, fui ambas cosas. Le pregunté a esa chica solitaria si se estaba divirtiendo, a lo cual respondió que este ambiente no era realmente lo suyo, estaba allí acompañando a una amiga que quería hacer el tour de bares. Estaban de visita desde Dublín. Obvio, por supuesto que esa fiera mirada verde pertenecía al territorio irlandés. Nos adueñamos de una esquina lejos de la pista de baile para compartir consejos sobre Londres o recuerdos de Dublín, el bar desvaneciéndose, antojándose irreal o inventado porque ella era mi única certeza.

Había algo en la forma en que ella intentaba pasar desapercibida a pesar de su singularidad abrasadora. Cascadas doradas de cabello lloviendo sobre sus hombros desnudos, el fulgor plateado de su piel, esa cadencia intrincada de su risa persiguiéndome horas y días después de que nos perdiéramos de vista para siempre durante la caótica transición de un pub a otro. Quedé devastado. Aun después de que Londres llegara a su fin cualquier atisbo de verde o dorado me hacían girar la cabeza confiando que ella estuviese por ahí, una diosa celta materializándose de la nada.  Sólo después de algunas semanas y un par de escritos para canalizar mi frustración por no haberle pedido método de contacto pude, por fin, superar mi obsesión con ella.

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Algunas personas dicen que cuando viajas eres la mejor versión posible de ti mismo, así que no miras, admiras; no pruebas, saboreas y degustas; en lugar de extrañar añoras con cada fibra de tu ser; y sí, no solamente te gusta algo o alguien, lo quieres, lo amas. Tus sentidos se agudizan, afinados para capturar sabores exóticos y sonidos remotos con los que no estás familiarizado. Nada extraordinario ocurre en el transporte público cuando vas al trabajo, pero apenas te montas en el Tube londinense o el Subway neoyorquino te topas con ese alguien especial que envía ondas eléctricas por tu espalda (aunque algún loco sin hogar o ratas gigantes también son posibles allí y esos quizás no los quieras tanto). Viajar es vivir y vivir es amar incluso si esto te rompe el corazón en alguna isla lejana o el avión de regreso a casa.

Auckland, 2023

Casi todo lo que tenía que decir respecto a ella lo dije ya en este post, así que no hace falta revisitar eso. Me tomó una buena porción del 2023 poder superarla, así que prefiero no caer en ese agujero negro de nuevo. Simplemente diré que cuando existe una diferencia horaria de dieciocho horas entre tu hogar y el minúsculo país que estás visitando en mitad del Océano Pacífico, te sientes como si hubieras alcanzado los confines mismos de la tierra. Y cuando cada árbol, brisa pasajera y gota de lluvia cobran vida allá donde vas, algo mágico está destinado a suceder. Pues bien, ella fue la magia de Auckland.

Quería estar en mi mundo. Los paisajes otorgados por el tour robaban el aliento y la música que yo iba escuchando me producía éxtasis. No había nada más que pudiera desear. Pero claro, ella tenía que estar allí, eclipsando todo a su alrededor con esos ojos magnéticos. ¿Quién iba a saber que el amor estaba a una caminata por la selva y un café nocturno de distancia? Y ni siquiera es que haya ocurrido algo especial entre nosotros más allá de las conversaciones o el par de fotos tomadas para recordar aquel encuentro casual. Ella ya tenía a alguien y yo tenía ese viaje y mi móvil para reproducir mi adorada música. Pero el atractivo de esa isla se fusionó con ella para rebasar cualquier escudo que hubiera podido alzar en mi defensa. Ni un corazón de piedra habría tenido chance frente a ella.

¿Me enamoré de ella? No creo que eso sea posible cuando conoces a alguien por apenas un par de horas. ¿Pero la quise, terminé amándola? Pues…

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La cosa es así: a menos que seas un cabrón quejumbroso y descorazonado, lo más probable es que vayas a tener la aventura de tu vida cuando busques la adrenalina y euforia que un nuevo viaje producen. Así que, mientras andas en ello, búscate algo de amor también. Porque cuando eso ocurre esto es más o menos lo que terminas amando:

Amas el gelato de pistacho en la Piazza Navona y amas las hojas crujientes del otoño cerca a las Cataratas del Niágara; amas la voz de ese artista callejero en Dublín y el anochecer violeta de Madrid en verano. Amas el arroz con coco de Cartagena, el cabello indomable de esa chica francesa que se convierte en una de tus mejores amigas, el murmullo del río Sena a las cuatro a.m., el ímpetu en el aeropuerto a las cinco en punto cuando te diriges a la puerta de embarque, los cantos de los pájaros en Carmen de Apicalá a las seis de la mañana. Amas apasionadamente a esa violinista de Zúrich, la quietud en el corazón de Central Park, un café helado junto al Castillo de Cardiff y el recorrido en bici hasta el Palacio de Buckingham; el acento francés, la alegría española, el calor colombiano, el muy estadounidense… no, ni idea de qué poner acá.  Amas caminar veinte kilómetros al día, e incluso tal vez el correr también cuando vas tarde a una función de teatro; amas esa función teatral y el concierto en una ciudad desconocida y también a la persona que cantó junto a ti en ese concierto durante dos horas seguidas. Amas deambular, perderte, contemplar la misma luna que divisas desde el patio de tu casa pero esta vez desde una ubicación remota que jamás soñaste visitar; amas bailar con extraños, reír con anfitriones de Airbnb, charlar con guías de tour. Amas joder y quizás hasta ames cómo te jode una mesera arrogante cuando te cobra una bebida que jamás pediste.

En definitiva, amas al amor mismo y el hermoso desastre que puede ser, así que sal, viaja, siente un flechazo o enamórate de vez en cuando. Después de todo amar es gratis. Viajar no lo es, pero no todo puede ser lindo y fácil, ¿verdad?

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