Stromae y las Highlands escocesas

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Multitude no nació el 3 de marzo cuando fue estrenado mundialmente sino el 27 de marzo, el día en que lo escuché por primera vez. Era una mañana glacial. Yo estaba medio dormido a bordo del bus de un tour que iba dejando Edimburgo atrás, y apenas conseguía prestarle atención a lo que el guía decía sobre faldas escocesas, páramos o ‘haggis’. Pero el encanto medieval del casco antiguo de la ciudad junto con sus puentes colosales le dio paso a lagos cristalinos, bosques frondosos y montañas que custodiaban como gigantes silenciosos las vistas más impresionantes que Escocia tiene para ofrecer. Ahí fue cuando realmente desperté. Me puse entonces los audífonos y reproduje por primera vez  el tercer álbum de estudio del maestro belga Stromae, un disco que yo había descargado religiosamente veinticuatro días atrás. Y así Multitude nació para mí en las Highlands, las tierras altas escocesas.

Quería escucharlo en un lugar especial donde pudiera saborearlo aún más si era memorable u olvidarlo si me decepcionaba por medio del recorrido que realizaba. Teniendo en cuenta que sólo entiendo una que otra palabra en francés, no contaba con  que esas doce canciones recién lanzadas por Stromae fuesen a provocar un impacto tan profundo; el escenario, compuesto por pueblos antiguos, valles majestuosos y el corazón de la naturaleza escocesa bañada en la preciosa luz solar de un invierno decadente ciertamente les ayudó. Pero las melodías también amplificaron el aura mística de las Highlands y tornaron ese domingo de fines de mes en algo todavía más extraordinario gracias a sus cavaquinhos, clavecines, charangos o sintetizadores.

Recuerdo llegar a Fort Augustus, un pueblito junto al lago Ness. Caminé un rato hasta encontrar un punto libre de turistas con el lago aparentemente sólo para mí, sus aguas oscilando tranquilas y atrayendo mis pasos. Me senté, escuché el vaivén de las olas y escuché a las Highlands por un rato; después me puse los audífonos de nuevo para reproducir Multitude una vez más y, joder, qué puta maravilla. Creo que en ese momento fue La Solassitude, una canción melancólica  referente a la soledad que termina con las cuerdas del erhu, también conocido como el violín chino. En ese instante se me puso la piel de gallina al estar allí, rodeado por un paisaje deslumbrante y absurdamente perfecto con la música penetrando alma y corazón gracias a sus ritmos fascinantes.

Le célibat me fait souffrir de solitude, la vie de couple me fait souffrir de lassitude. “El celibato me hace sufrir de soledad, la vida en pareja me hace sufrir de cansancio”. Ese coro resonó en mi mente el resto del viaje e incluso hoy lo repito casi como una oración, algunas de las pocas palabras en francés que me atrevo a pronunciar mientras escucho la melodía por enésima vez.  Después de encontrar la traducción para esa y las otras canciones me percaté de que había estado oyendo una pieza magistral que deambula por los rincones más oscuros y luminosos del alma. Y ocurrió a medida que yo  cruzaba un paraíso remoto exhibiendo en todo su esplendor algo de esa soledad y sublimidad que las propias  canciones  mencionaban.  

Mauvaise Journée fue otro prodigio musical que me acompañó  cuando el recorrido llegó al lago Lochy. Mezclándose y fluyendo con el viento que acariciaba el agua, su cadencia marcó mis saltos de una roca a la otra hasta alcanzar la orilla donde tocé la superficie gélida del lago. O L’Enfer, tan épica y siniestra, su coro sincronizándose con la puesta de sol que se imponía al tiempo que dejábamos atrás Newtonmore con sus vacas peludas o Pitlochry con las tiendas de helados de whisky. El campo escocés no necesita ninguna banda sonora para robarle el aliento a alguien, pero contar con música especial para combinarla con el paisaje ciertamente enriquece la experiencia.

Cada que paseo por la biblioteca digital de Stromae en Spotify reservo treinta y cinco minutos para que Multitude me lleve de vuelta a cada detalle de ese día glorioso, desde el Lago Ness y su temperatura helada hasta el sabor a mantequilla de las galletas que comía en el bus rumbo a Spean Bridge o la fragancia amaderada proveniente de Glen Lochay. Así que mientras surge una nueva chance de visitar el norte británico, Stromae cumple de maravilla con la función de llevarme allí gracias a su obra.

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