Se me antoja bastante curioso cómo en un día repleto de paisajes australianos pintorescos y una noche dedicada a la observación de estrellas, un detalle fugaz que no duró más de diez o quince segundos a bordo de un bus permanezca tan vívido en mi mente que se ha convertido en ese tipo de momento imposible de olvidar, algo que por varias semanas me sentí tentado de escribir.
Éramos tres personas al fondo del bus en la última hilera de asientos. Una profesora taiwanesa junto a la ventana derecha, una chica de Zimbabue en el asiento de en medio y yo, el tipo con la cara pegada al cristal izquierdo porque estaba fascinado con el panorama. Luego de cada parada, cuando regresábamos al bus, retomábamos una charla amena para discutir los lugares recién explorados, narrar experiencias de viajes previos o discutir posibles respuestas al juego de preguntas que nuestro guía turístico realizaba.
En un momento dado Frances, la chica de Zimbabue, comenzó a hablar de comida y entonces el prodigio sucedió. Dijo una palabra que capturó toda mi atención por su modo peculiar de pronunciarla. Yo ya había advertido su acento particular, el cual distaba mucho del americano al que estoy acostumbrado o el australiano que me rodeó durante esos días. Pero no, la suya era una forma distinta de abordar el lenguaje inglés, una que yo no había escuchado antes pero estaba disfrutando en demasía, y cuando dijo esa palabra en concreto mis oídos cayeron cautivados por la inflexión de su voz.
‘Butter’, o mantequilla en inglés. Esa fue la palabra mágica utilizada por Frances. Dijo butter de un modo que se diferenciaba bastante del inglés americano áspero o del delicado acento británico. Tenía un deje musical, algo producido por el mecanismo de su boca al crear el sonido de la doble ‘t’. Me distraje con ello e intenté replicar la pronunciación en mi mente un par de veces. Frances se había callado y yo volvía a observar el paisaje, pero no lograba aquietar el sonido lírico que aún colgaba en el aire. Incapaz de contenerme le dije:
—Butter… Me gusta como dices esa palabra.
Frances la pronunció de nuevo. No tanto para darme el gusto sino para encontrar en su resonancia lo que fuese que me había cautivado. La repitió una, dos veces, jugando con ella distraídamente mientras yo recibía encantado su exquisita entonación. Al no haber descubierto nada interesante en la palabra se encogió de hombros e intentó capturar una pequeña siesta antes de la siguiente parada. Entretanto yo seguía embelesado, estúpidamente feliz simplemente por cómo butter sonaba proviniendo de sus labios. Supongo que algunas veces los placeres de la vida se hallan en algo tan sencillo como una chica zimbabuense hablando de mantequilla.
De Frances aprendí acerca de los cincuenta países que ha visitado, las cinco semanas que pasó en Colombia, su excelente español aun cuando la modestia la llevara a repetir una y otra vez que había olvidado casi todo lo aprendido, y algunos otros detalles que hicieron de la oportunidad de conocerla algo encantador. Pero aparte de todo eso lo que más se quedó conmigo fue la música que endulzó mis oídos cuando a ella se le ocurrió decir butter.

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