Los Dos Austriacos de Getsemaní

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Con una piña colada en una mano y mi celular en la otra advierto que ya es medianoche. Estoy en medio de un callejón demasiado estrecho rodeado por decenas de personas entregadas al baile, la bebida, la risa o de algún modo todo a la vez. Me enfoco en dos personas en particular, una pareja de amigos que ocho horas atrás eran completos desconocidos para mí cuando pedaleábamos por la vorágine del tráfico cartagenero pero que ahora se han convertido en conocidos de viaje en una velada de anécdotas y exploración en una de las ciudades más icónicas de Colombia. Viéndolos saltar y moverse al ritmo de la música que llega de todas partes pienso que aunque sean de Austria y uno de ellos viva en Nueva York, en este preciso instante ellos pertenecen total e inexorablemente a Cartagena, a partir de entonces incrustados en mi memoria como los dos austriacos de Getsemaní.

Sólo recuerdo el nombre de uno de ellos: Thomas, el que vive en Estados Unidos. El otro muchacho es bastante callado, tal vez por su falta de confianza en un inglés de acento marcado pero que entiende muy bien, o porque disfruta más escuchando que hablando. Sea como sea, Thomas, su amigo y yo nos conocemos en el peor tour en bicicleta que jamás he hecho, lo cual poco importa porque cuando por fin se acaba ellos y yo entablamos una pequeña charla, los usuales “¿de dónde eres?” o “¿cuál es tu próximo destino?” intercambiados entre viajeros. Mencionan una clase de salsa que programaron para esa misma tarde, mientras que yo planeo ir al hotel a tomar la tercera ducha del día porque la humedad inclemente de Cartagena obliga a ello. Pero en la noche tanto ellos como yo barajamos la misma idea de deambular por las coloridas calles de Getsemaní, así que guardamos información de contacto y quedamos en encontrarnos luego.

Nos reunimos a las 9 p.m. en un bar desolado, compartiendo cervezas acompañadas por conversaciones sobre Austria, Colombia y la magia de la navidad en este rincón del mundo. Me decepciona que el bar esté tan callado, tan falto de vida, así que tan pronto terminamos las bebidas nos marchamos para iniciar una excursión en forma. Es entonces cuando el verdadero espectáculo comienza. Si conocen el barrio de Getsemaní sabrán que no hay un muro exento de color y maravilla; cada esquina cobra vida con grafitis vibrantes e imágenes pintorescas que atraen todas las miradas. Pero apenas transcurren un par de minutos de recorrido cuando, guiados por un fragor ascendente que más que escucharse se siente en la piel, terminamos en la entrada del corazón de Getsemaní, su arteria principal viviendo el discurrir incesante de música, color y la mejor fiesta callejera que uno pueda soñar. Las casas de un solo piso se diferencian por sus fachadas vivaces, el pasadizo se ve desbordado por turistas y residentes revueltos en un amasijo delirante al tiempo que los austriacos exhiben un gesto igualmente asombrado y extasiado ante semejante escena extraordinaria. Debe haber por lo menos veinte o treinta casas en esta cuadra nada más, y en cada hogar resuena un parlante a su máxima potencia con todo tipo de salsa, champeta y reggaetón.

Es casi incomprensible cómo la gente logra navegar en esta bendita locura donde se mezclan plantas, postes de luz, decoraciones navideñas, sillas y mesas a lo largo de las aceras,  canastos de cerveza, niños bailando a pesar de la hora tardía, y el flujo constante de clientes entrando y saliendo de salas de estar convertidas en bares improvisados donde las cervezas se consiguen a 3.000 COP y los cocteles a 14.000 COP.

Los austriacos y yo hablamos un poco más, compartimos otros tragos. Pero más que nada observamos perplejos lo que se desarrolla ante nosotros. Nos hacemos con un lugar en medio del callejón cuya vista privilegiada permite presenciar tres o cuatro grupos festejando en simultáneo. Y vaya si los austriacos se contagian del ambiente. Su clase de salsa apenas fue un abrebocas, un calentamiento porque ahora el momento de la verdad surge ante ellos y sus cuerpos no pueden aguantar mucho más, se concentran en su interior energía y júbilo que amenazan con estallar.

Y justo eso es lo que ocurre, por supuesto. Poco a poco, muy tímidamente, como si temieran ser juzgados o ignorados, se acercan a un grupillo a nuestra derecha donde el hit de Quevedo y Bizarrap está llegando a su clímax. Es evidente que no son colombianos pero el grupo los acoge como si fueran reyes, como amigos de toda la vida. Porque eso es lo que hacemos. Los colombianos solemos ser (sí, me quiero incluir) gente de buen corazón que ama darle la bienvenida a los extranjeros con brazos abiertos, calor humano y un beso en la mejilla. Estos austriacos apenas pueden conectar unas pocas frases en español, pero sus movimientos inexpertos y entusiastas bastan para convertirlos en el epicentro de esta fiesta en la que ahora se estremecen eufóricos con la letra de “Me Vale” de Maná, rodeados de colombianos que reciben con gusto su rigidez europea, su alegría cohibida floreciendo en mitad de esta tierra fantástica llamada Getsemaní.

¿Yo? Yo los observo a la distancia. Si me hubiera embriagado es probable que me hubiera unido a ellos, pero mi timidez es un monstruo fuerte y para cuando por fin me siento lo suficientemente valiente como para saltar a la acción el furor se detiene debido a las leyes de la ciudad prohibiendo fiestas callejeras después de la 1 a.m. Pero no importa, pues contemplar la calidez y el encanto de mi país en todo su esplendor es más que suficiente. Para cuando me despido de Thomas y su amigo compruebo que esta es una experiencia que ellos jamás habían vivido, y espero que sea donde sea que estén hoy todavía atesoren con cariño aquel instante en el que se transformaron en los muy geniales austriacos de Getsemaní.

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