Unas veinte personas contemplaban embelesadas la enigmática fachada de Alcatraz; para mí, el encanto lo escondía Cherine. Nos habíamos despedido una hora antes y el ferry en el que ahora viajaba disminuía su velocidad para permitir a los viajeros una esplendorosa vista de la famosa presión federal, pero mi mente seguía regresando a ella, al abismo en sus ojos y la pena en su voz, aunque también a su aura carismática mientras paseamos en bicicleta por San Francisco en una plácida mañana de otoño.
Aprendiz de guía turística y documentalista en ciernes, Cherine tenía la tarea de enseñarme algunos de los puntos principales de la Bahía de San Francisco. Yo llegué primero al lugar de encuentro esperando ver un grupo nutrido para el recorrido teniendo en cuenta las excelentes reseñas que este tiene en Airbnb. Sin embargo, ese día yo era el único turista que había programado el tour matutino, así que cuando Cherine apareció un par de minutos después, nos presentamos y partimos en el que se convirtió en mi primer e inesperado tour privado en bicicleta.
No podría quejarme de los sitios y paisajes a los que ella me condujo: el Maritime National Historic Park, el Palacio de Bellas Artes, Great Meadow Park… Cherine demostró conocerlos bastante bien, luciendo su conocimiento sobre cada lugar del que hablaba. Con ella no había guiones ensayados para turistas ingenuos sino un sólido catálogo de historias y datos relacionados con esas locaciones que se integran para exhibir el atractivo de San Francisco.
A medida que nos fuimos conociendo mejor, comencé a percatarme de que había un encanto particular no sólo en la ciudad sino en la propia Cherine. Descubrimos que habíamos estado en el mismo lugar la noche anterior cuando el Auditorio Bill Graham fue testigo de nuestra alegría desbordada gracias a la música en vivo de Stromae; también habíamos leído o estábamos aún leyendo el mismo libro acerca de unos asesinatos durante la Exposición Universal de Chicago de 1893, lo cual le añadió un toque especial a nuestra parada en el Palacio de Bellas Artes de San Francisco, ya que fue especialmente construido para la exposición internacional que tuvo lugar allí en 1915. Y Cherine tenía además una sonrisa honesta, cándida, gigantesca, sonrisa que surgía en su rostro cada que hablaba de su esposo, sus pasiones y el placer de montarse en un bicicleta para salir a explorar la ciudad.
Pero había algo escondiéndose en su interior. Bajo esas capas de afabilidad y puro vigor merodeaba una sombra que eventualmente cubrió su semblante. Intrigado por su adorable acento con un dejo de francés, le pregunté de dónde era. “Líbano”, respondió al tiempo que cualquier amago de alegría se desvanecía de su rostro. Le expresé cuánto lamentaba la destrucción que su país había sufrido tras la terrible explosión del 2020, lo cual intensificó las tinieblas que la envolvieron.
Ella estuvo ahí, lo experimentó todo. Me contó que solía trabajar cerca del puerto, aunque no estaba allí el día que Beirut fue sacudida hasta sus cimientos. Pero sintió el impacto, las secuelas, el colapso de una vida que ya no volvería a ser igual aunque ella y su familia hubieran sobrevivido. Las crisis financieras más la pandemia de Covid-19 y aquella terrible detonación en el puerto de Beirut malhirieron a su nación, dejando apenas un sendero de devastación, las ruinas y la angustia todavía revoloteando casi imperceptibles en sus ojos oscuros. Le pregunté si aún tenía familiares allá y reconocí en su respuesta afirmativa la añoranza dolorosa de quienes sueñan despiertos a cada hora con su tierra y sus seres queridos. Cada historia, cada anécdota que pintó ante mí sobre su ciudad iba marcada por la aflicción nacida de cada catástrofe que el Líbano padeció en años recientes.
A pesar de todo ello, la verdadera magia de Cherine residía en el hecho de que aun con todo ese dolor por su país agonizante ella fuese capaz de encontrar un rayo de esperanza por medio del cine para arrojar una luz sobre la belleza que Beirut todavía posee. Depot-Vente es una emblemática tienda de ropa retro en Beirut y también el título del documental de Cherine que se enfoca no sólo en la tienda misma sino en su espíritu combativo y colorido, así como en la persona que le dio vida. Fue un deleite absoluto percibir en la voz de Cherine al explicar tan amado proyecto la magnitud de su entusiasmo, entusiasmo reluciente que la envolvía y disipaba las sombras de su tristeza. Por el modo en que lo describió me di cuenta de que el documental era una carta de amor a Beirut, una súplica para que resistiera, para que resurgiera de entre los escombros para erguirse alta y orgullosa. Seguía trabajando en el documental cuando nos conocimos aquel octubre del 2022, y sabía que por la devoción de Cherine este triunfaría algún día. Este año ella obtuvo un premio monetario por parte de la IEFTA (International Emerging Film Talent Association) como apoyo para su proyecto, lo cual lo pone un paso más cerca de ser una realidad total, de ver la luz gracias al talento y la pasión de una increíble cineasta libanesa (y guía turística).
Tras pedalear alrededor de Fort Point llegó la hora para el momento cumbre del recorrido: el puente Golden Gate. Sí, de lejos es tan imponente como se ve en fotos y películas. Pero para mí se antojó infinitamente mejor a medida que lo cruzaba en la bici mientras seguía a Cherine hacia Sausalito, una ciudad idílica hecha para paseos de media tarde y almuerzos con vista privilegiada de la Bahía Richardson. Allí fue donde mi maravillosa guía y yo nos despedimos. Estoy seguro de que no le agradecí lo suficiente por la experiencia sublime de cruzar el puente Golden Gate pedaleando, con el viento desatado golpeándonos de lleno en el rostro y yo sonriendo como imbécil extasiado. Pero en el viaje de regreso a la Bahía de San Francisco ni siquiera Alcatraz logró sacar de mi mente su bondad o la forma de su profunda melancolía, la cual, no obstante, se fue aligerando con cada nuevo detalle que compartió de ese documental que muero por ver algún día.
San Francisco supo cautivarme con su cielo tranquilo y despejado junto con esa temperatura templada de finales de octubre, ideal para un recorrido en bicicleta que además de enseñarme la belleza de una ciudad me reveló también el encanto de Cherine.

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